domingo, 14 de febrero de 2010

LA HUESTE INDIANA (I)



“Nosotros, sin saber Su Majestad cosa ninguna, le ganamos esta Nueva España, sirviendo a Dios, al Rey y a toda la Cristiandad
BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO; Historia verdadera de la conquista de Nueva España
La cita del conquistador y cronista vallisoletano, que abre paso a este doble artículo, nos da una idea muy clara del sentimiento de los conquistadores, que estaban ganando un imperio para Castilla, a miles de kilómetros de la península, mientras el emperador, el césar Carlos, solo ponía su atención en América a la hora de dar cuenta del oro y las riquezas que de allí llegaban, para dilapidarlo inmediatamente en más tropas y ejércitos que mantenían la posición de España como señora de Europa, mientras Castilla no solo no veía un maravedí, sino que estaba sometida a un implacable pechar, en pos de sufragar una política exterior en el fondo perjudicial para sus intereses. 

Aunque, eso es otra historia, y tampoco es mi objetivo analizar por qué el oro de las Indias acababa en las arcas de los banqueros genoveses o servía para pagar las soldadas de los tercios de Flandes - cuando llegaban -. La lejanía física respecto España y la falta de vocación atlántica de los Habsburgo componen el ingrediente inicial a la hora de analizar, si acaso someramente, las características de la hueste indiana. Así este tipo de expediciones son fundamentalmente privadas, es decir, que la Corona no gastaba un real en su financiación, aunque sí que cobraba un quinto de todo lo que se rescatara, con lo cual suponía un negocio redondo, con grandes beneficios y poco riesgo. Pero primero, y para aquellos no familiarizados con éste término, diremos que la hueste indiana es una tropa o expedición que, con permiso real, hacía una serie de tareas u operaciones consistentes principalmente en explorar, conquistar y poblar, así como rescatar, es decir, conseguir beneficio económico, sea en oro, perlas, piedras o especias varias, del cual la corana se quedaba con un quinto, mientras el resto servía para amortizar los gastos de la expedición y pagar a los integrantes, ya sean capitán, sargento mayor, alféreces, cabos de escuadra o simples soldados o marinos.

Los reyes de Castilla tenían, en exclusiva, una serie de derechos sobre las Indias, en base a las bulas emitidas por el papa Borgia. Así la justificación jurídica para descubrir, poblar y cristianizar nuevos territorios les venía - a los Reyes Católicos en este caso - directamente del papa, o lo que es lo mismo, tenía un origen divino, y con lo cual incuestionable. La monarquía española en aquel momento, a finales del siglo XV, recién terminada la Reconquista con la toma de Granada, y con la reciente expulsión de los judíos, no estaba para hacer grandes desembolsos, y si bien ostentaba un derecho jurisdiccional de origen divino sobre las tierras recién descubiertas, no tenía los caudales necesarios para afrontar una conquista en toda regla. Sin embargo tampoco querían los reyes que las Indias pudieran convertirse en territorio un gobernado por clanes nobiliarios poderosos, es decir, tenían miedo de que América se feudalizara en el caso de dar mucho protagonismo a las empresas de carácter privado. Aún se recordaba en la corte la experiencia, no siempre positiva, de la conquista de las Canarias - verdadero laboratorio sobre lo que llegó a ser la conquista de las Indias – en donde familias nobles muy poderosas, a veces incluso extranjeras, acapararon el poder en gran parte de aquellas tierras, en perjuicio de la jurisdicción de realengo. Para evitar que esta situación pudiera volver a producirse en las tierras transoceánicas, surge el sistema de la hueste indiana. En el caso de las islas Canarias, la nobleza poseedora de tierras establecía un pacto de vasallaje con la corona, lo cual no suponía en absoluto una pérdida de su poder, y mucho menos en una época - mediados a finales del siglo XV - en donde no existía nada parecido a un estado centralizado bajo jurisdicción real. En las Indias no se quería cometer el mismo error. Así ahora la Corona tendrá siempre los ojos puestos en el desarrollo de los acontecimientos, para evitar que se formara allí una nobleza fuerte que perjudicara sus intereses. La hueste indiana necesitaba un permiso real para su constitución. Así la corona otorgaba unas licencias o cartas de merced, las llamadas capitulaciones, que era un contrato firmado entre los reyes y aquellos que desearan formar hueste. Esta tropa estaba bajo el mando de un caudillo o capitán, que se comprometía con una serie de deberes, entre los cuales estaba todo lo relacionado con el reclutamiento, pertrechos, evangelización de indios etc., obteniendo a cambio una serie de concesiones, como impartir justicia, ciertas exenciones de impuestos o potestad en los repartimientos, tanto de tierras como de indios. La Corona a cambio de estas mercedes recibía un quinto de todos los beneficios obtenidos, algo que debía llevarse a rajatabla y cuya supervisión recaía en los oficiales reales, que acompañaban siempre a los miembros de la hueste indiana. El reclutamiento solía hacerse en un lugar público, en donde al son de tambores se anunciaba y se leía la carta de merced, y se explicaba a las gentes en que consistía aquella nueva aventura. Normalmente estaba vedado el acceso a este tipo de empresas a personas cuya limpieza de sangre no estuviera asegurada, así como a aquellos que hubieran tenido problemas con la inquisición, y por supuesto a moros, judíos, gitanos y homosexuales entre otros. Se trataba de conquistar y poblar aquellas tierras, cristianizando y dando buen ejemplo al indio como súbdito de Castilla que era, con lo cual siempre se intentó establecer un filtro a estas personas “indeseables”, no solo desde España, labor que ejercía la Casa de Contratación de Sevilla, sino desde la misma mesa de reclutamiento, estuviera esta en Cuba, la Española o en cualquier otro lugar. Esto, por supuesto, no siempre fue así, y las necesidades de conquista muchas veces no permitían una investigación exhaustiva de las características de los individuos que se enrolaban. La mayor parte de las veces la hueste era un tropel variopinto de gentes de todas las procedencias posibles, vestidos de manera desigual y con profesiones varias. Normalmente eran personas jóvenes, entre los 25 y 30 años, aunque con cierta experiencia marinera o militar, y cuyos oficios abarcaban todas las necesidades posibles de la tropa en campaña. Así había cocineros, clérigos, galenos, cirujanos, escribanos, soldados y marinos, intérpretes y un largo etc. El caso de los intérpretes, indios o mestizos, y a veces castellanos, trae a colación la importancia de la ayuda indígena en la conquista. Y es que no hay hueste indiana que no contara con un elevado número de ellos, y que a parte de traductores hacían las veces de cargueros, adalides (guías) o guerreros. A pesar de esta disparidad, la capitulación, al ser concedida por los reyes y por lo tanto estar bajo su supervisión, otorgaba a este variado conjunto una cierta homogeneidad, a parte de que el capitán o caudillo estaba investido de ciertos poderes encaminados a imponer una férrea disciplina en la tropa, pudiendo castigar incluso con pena de muerte.

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