martes, 14 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (VI) Los años centrales del siglo XIV o los Daniilovichi menores (1340 – 1359).






Iván I, gobernante astuto y prudente, tuvo entre sus grandes logros la creación de una dinastía, los Daniilovichi. A partir de él, sus hijos pudieron transmitir el poder de manera hereditaria a sus descendientes, el último de los cuales fue Iván el Terrible, cuyo reinado durará hasta 1584 como sabemos.

En realidad, desde los tiempos del Rus de Kiev hasta finales del siglo XVI existió una sola dinastía, los Ruríkidas, o descendientes del semilegendario Rurik, el varego que en el siglo IX llegó a tierras rusas. Sin embargo, andando el tiempo, y sobre todo a raíz de la formación de la segunda Rusia al noreste, los rukíridas se disgregaron en diferentes ramas, destacando los descendientes de Daniel Alexandrovich (hijo a su vez del héroe ruso por excelencia, Alejandro Nevski).

El hecho de que los Daniilovichi se conformaran en una dinastía, transmitiendo su poder de manera hereditaria, ofendió a las otras ramas riríkidas, que decían tener mayor legitimidad sobre el trono de Vladimir – Súzdal (que a partir de los Daniilovichi empezó a identificarse ya con el principado de Moscú). La Iglesia, que era al fin y al cabo la institución que creaba las legitimidades en aquella época, tampoco estaba al completo con los nuevos gobernantes, ya que pensaba más en la unidad de todos los rusos desde los tiempos de Kiev(y por lo tanto mantener el status quo previo) que en favorecer nuevas aventuras. Por lo tanto, la nueva dinastía tan solo tenía a los khanes para asegurar su posición.

En los años centrales del siglo XIV asistimos a los reinados de Simeón y de Iván II, hijos ambos de Iván I. Ambos príncipes se sabían carentes de la legitimidad de las otras ramas de la dinastía, lo que les llevó a interminables conflictos y disputas civiles, digamos, con los otros ruríkidas y con las ciudades cercanas, que disputaban también a Moscú, su preeminencia sobre el suelo ruso. La ciudad rival por excelencia será Tver, sin olvidar Novgorod, Vladimir, Súzdal, o Riazán. Todos por lo tanto en contra de los Daniilovichi, los príncipes moscovitas.  Tanto Simeón como Iván intentaron neutralizar esta situación con una serie de matrimonios entre las ciudades rivales y Moscú, tal como hiciera su padre Iván I, pero no dio el resultado esperado. Además la Iglesia no siempre aprobó esta política, a pesar de que la sede metropolitana estaba ahora en Moscú.

Los Daniilovichi eran a pesar de todo esto una dinastía estable, pero su fortaleza se basaba casi exclusivamente en el apoyo de los khanes. Sin embargo, la situación en el seno de la Horda de Oro no iba a ser buena por mucho tiempo. Justo al final del reinado de Iván II, en 1359, el khan Berdi Bek fue derrocado por su hermano Qulpa (que a su vez fue asesinado por otro de sus hermanos) dando comienzo a un periodo de inestabilidad política. Por si fuera poco, Iván II, tras su muerte, dejó a un heredero de tan solo 9 años, Dimitri.

domingo, 12 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (V) Pacto entre khanes y boyardos







Habíamos hablado de la forma de dominación que la Horda de Oro ejercía sobre los rusos, y que se asemejaba bastante al neocolonialismo actual. Las elites prestaban vasallaje a los tártaros y se enriquecían enormemente recaudando impuestos para ellos. Esta situación podría haberse prolongado ad infinitum, ya que los grandes nobles vivían de acuerdo a su status y la Horda les dejaba, relativamente, en paz mientras recibiera sus tributos puntualmente. Todos contentos por lo tanto, menos el pueblo claro, de quien puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que lo mismo le daba estar bajo el yugo tártaro que bajo el látigo de sus propios nobles.

En el contexto de un país que no tiene poder de decisión porque está en manos de un poder extranjero, como era el caso de los principados rusos, es cuando se hace especialmente necesario el surgimiento de líderes capaces. Obviamente ninguno de estos grandes señores estaba tan loco como para enfrentarse al khan directamente, pero de ahí a la cobardía suprema va un trecho. Leyendo las fuentes, no es difícil llegar a la conclusión de que la mayoría de los boyardos pensaban más en su propio interés que en el de la nación, y no les preocupaba lo más mínimo vender y sojuzgar a su pueblo con tal de mantener sus privilegios. Los khanes lo sabían y por ello cada vez que, digamos, aflojaban un poco la cuerda, lo hacían alimentando la codicia inagotable de estos magnates rusos. Así, como ya hemos visto, les dieron el privilegio de recaudar impuestos para el khan, entre otras cosas. Nadie parecía tener la idea romántica de librarse del todo del yugo de la Horda de Oro, aunque fuese un sacrificio inmenso, ya que los que los menos predispuestos a tales esfuerzos eran los propios nobles.

Pero en el mundo de las ideas, si hablamos de aquello que está más allá de lo tangible, es inevitable citar a la Iglesia. Si alguien podía infundir el las gentes el sentimiento de unidad, era ella. Esta institución, por supuesto, podía ser usada por los magnates para infundir en el pueblo la resignación y la apatía, sin embargo la Iglesia rusa, que había elaborado toda una teoría sobre la necesidad de mantener la pureza de la ortodoxia desde Constantinopla a Kiev y ahora a los principados del norte, y que pronto consideraría a Moscú la tercera Roma, y único enclave cristiano verdadero (no olvidemos que Constantinopla estaba a punto de caer bajo los turcos y que en Roma imperaba la corrupción más absoluta, con el cisma de Avignon a la vuelta). Esta Iglesia, digo, no iba a permitir por mucho tiempo la sumisión a los tártaros. Por ello, aquellos gobernantes moscovitas que mejores relaciones tuvieron con los patriarcas, fueron aquellos que más éxito tuvieron plantando cara a la Horda de Oro.

Uno de estos gobernantes será el príncipe moscovita Iván I (gran Príncipe de 1328 a 1340), bajo cuyo reinado, Moscú se sentirá por vez primera verdaderamente fuerte. Iván fue capaz de elevar la moral del pueblo, mantuvo siempre a la Iglesia a su lado (Moscú será ahora sede metropolitana) y sobre todo será lo suficientemente astuto como para afianzar sus dominios y establecer una poder hereditario, una verdadera dinastía, y todo ello sin ofender al khan.

BRIAN BORU (I) La figura del líder histórico













Hay tres tipos de líderes. Primero están aquellos generales, estadistas y reyes a los que la historiografía siempre ha mimado con celo. Algunos ejemplos clásicos son, como no, Alejandro, Julio César, Carlomagno o Napoleón, grandes figuras a quienes casi todo el mundo perdona sus errores, sus excesos o su crueldad. Otros personajes en cambio, gozando de las mismas virtudes y defectos, son demonizados por diferentes razones, ya sean éstas de índole política, religiosa o cultural. Ejemplos: Iván el Terrible o Felipe II, que gozan de una poco envidiable leyenda negra. El tercer tipo son aquellos que son ninguneados. Dentro de este grupo, Brian Boru destaca sobremanera.

Seguramente, y a pesar de que estamos hablando de un rey de Europa occidental, mucha gente apenas tendrá alguna idea sobre quién fue Brian Boru. No se cita en los libros de Historia de los colegios e institutos, no hay películas sobre él, ni apenas novelas. Los irlandeses vaya si lo conocen bien, y fuera de ahí (salvando quizá a algún inglés curioso) puede que los escandinavos, por aquello de que participaron en las guerras de Irlanda en torno al año mil, a parte de que su sistema educativo es magnífico, pero eso es otra historia.

Brían Boru fue un líder carismático. Si buscamos “carisma” en el diccionario, en la segunda acepción nos encontramos: Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad. En efecto, desde la Antigüedad se pensaba que el carisma era un don otorgado por los dioses a determinadas personas elegidas para ayudar a las gentes, para guiarlas y llevarlas por el camino correcto. Digamos que los dioses delegaban ese poder en un mortal, un líder. Por supuesto que estas personas cometían errores también. No en vano, la figura del “héroe”, en la antigua Grecia tenía connotaciones tanto divinas como humanas: así Ulises es frío y artero y Aquiles iracundo y orgulloso. En cuanto a los héroes del ciclo artúrico todos tienen pecados, algunos de ellos terribles, por lo que tan sólo uno de ellos, Perceval o Galahad en otras versiones, obtendrá el Grial.

Brían Boru será capaz de guiar a Irlanda, un pueblo acostumbrado a la guerra civil perpetua, a los señores de la guerra y a los ataques vikingos, hacia un periodo de paz que de haber durado lo suficiente hubiera situado a la isla entre las grandes potencias políticas y económicas del occidente medieval. Pero la vieja nobleza, los caudillos locales y señores de la guerra se opusieron a él con tenacidad, añorando el antiguo orden de cosas, el caos previo que satisfacía sus intereses personales frente al bien de la comunidad.  

jueves, 26 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (IV) Mongoles y tártaros





Los dueños de la estepa infinita. Señores del este, creadores de vastos imperios, nómadas y paganos.

Así eran en principio los enemigos naturales de los príncipes rusos. Andando el tiempo, al igual que los mongoles, y después de que Tarmerlán acabara con la influencia del cristianismo en los pueblos túrquicos, los tártaros acabaron por adaptar el islam, una religión que les dio una nueva identidad, más acorde con unos pueblos que ya no trataban de conquistar por que sí, como los mongoles en el siglo XIII, sino de afianzar lo conquistado y de crear una administración eficaz. En definitiva, querían consolidar sus imperios y hacerlos perdurar en el tiempo.

Los rusos siempre hablaron de tártaros al referirse a los pueblos de la estepa. Y aunque esta palabra daba nombre a una de las tribus mongolas que a partir de finales del siglo XII salieron de Asia a conquistar el mundo, con el tiempo acabó por designar, independientemente de su origen, raza o religión, a todo pueblo estepario al este del limes ruso.

Los mongoles podrían ser considerados como los antepasados de los tártaros, que salieron del este de Asia en diferentes tribus unidas por el famoso Chinguis Kan (Gengis Kan no es más que una mala traducción europea de un texto árabe). Chinguis era señor de las diferentes tribus de Mongolia desde 1190, aunque su expansión más allá de sus fronteras no comenzó hasta 1215, fecha de las primeras victorias contra el imperio Jin, situado al noreste de China. En 1218, los mongoles deciden entonces mirar hacia occidente, con terribles consecuencias para el mundo islámico, cuyo único rival hasta ahora estaba al oeste, y para los cristianos europeos, sobre todo para los príncipes de la primera Rusia. Afortunadamente para ellos, Chinguis muere en 1227, sin embargo el poderío mongol estaba en su apogeo, por lo que a pesar de las luchas por la sucesión, las rápidas hordas mongolas siguieron expandiéndose hacia los cuatro puntos cardinales afanosos por conquistar el mundo.

En lo que respecta a los príncipes rusos, el peor momento estaba por llegar. El área dominada por los mongoles en aquella región fue dividida en dos entidades, que son la Horda Blanca, bajo Orda Kan, y que comprende los territorios en la región sur y este del Volga, y la Horda Azul bajo otro nieto de Chingis, llamado Batu Kan, que ocuparía la región occidental y que será el responsable del asalto a Rusia y después a Europa occidental.

En efecto, Batu Kan recorrió gran parte del territorio ruso sembrando la muerte y la desolación a su paso. La propia Kiev fue saqueada sin piedad en 1240, y lo que conocemos como Rus de Kiev nunca volvió a recuperarse. Los principados rusos de este estado pasaron a ser vasallos de la Horda. Solo las ciudades norteñas como Novgorod, por la lejanía y el frío, se salvaron de la ira de los mongoles.

Los mongoles de Batu Kan, bajo el carismático general Subotai, saquearon también como sabemos buena parte de Europa central, llegando hasta Austria, sin embargo, cuando parecía que iban a plantarse en las orillas mismas del Atlántico, el Gran Kan, Ogodei, muere. Estamos en el 1241, y tanto Batu como su general Subotai han de ir a China para asistir a la elección del nuevo Kan, para lo cual habrá que esperar 5 años. Europa se había salvado in extremis. Además, ningún mongol volvió a poner sus ojos tan al oeste nunca más. La civilización feudal europea pudo por tanto proseguir su camino. Y en cuanto a Rusia, aunque herida casi de muerte, como va dicho, conservó su identidad y pudo resurgir en las regiones norteñas del principado de Kiev, en torno a ciudades como Tver, Moscú, Vladimir o Riazán.

Los sucesores de Batu Kan, que fueron su hijo Sartaq y posteriormente su hermano Berke, perdieron el interés por conquistar Europa occidental. Es decir, no veían con buenos ojos una expansión cuando a todas luces las divisiones internas dentro del imperio mongol eran más que evidentes, así prefirieron consolidar el territorio.

Durante el reinado de Sartaq, personaje con tintes legendarios, se consolida la llamada Horda de Oro, que englobaba las hordas azul y blanca. Esta Horda comprendía la parte occidental del disgregado imperio mongol, aquella que observaban los cristianos europeos de entonces desde su flanco más oriental, ocupado, como sabemos por los rusos. Los principados del viejo Rus por tanto, que al igual que los reinos hispánicos del mismo periodo, hacían de escudo y pantalla de la cristiandad frente a los bárbaros.

En cuanto a Berke, se convirtió al islám. Un hecho significativo y de vital importancia, pues después de él, todos los kanes de la Horda de Oro profesaro esta religión.

Mientras tanto Europa occidental, no volvió a sufrir ataques mongoles. Fue, paradójicamente el mundo islámico, concretamente el imperio de los abasidas quien sufre a partir de ahora su furia, que les hará llegar hasta Siria y Egipto, y arruinando como sabemos Bagdad y el imperio abásida. Estas acciones fueron llevadas a cabo por otra rama mongola que nada tenía que ver con la Horda de Oro, y que acabó fundando el llamdo ilkanato persa. Otra historia.

Mientras la Horda de Oro consolidaba su poder, y establecía su capital en la fastuosa Sarai, en el bajo Volga, el componente étnico mongol dejó de ser exclusivo, y acabó englobando a diferentes pueblos túrquicos de las estepas. La adopción del islám les dotó así mismo de una identidad diferente a la de sus hermanos de oriente, asentados en China.

El término tártaro pareció ser entonces más adecuado para designar a estos pueblos. Los tártaros de la Horda de Oro, y los reinos herederos (la Horda de Nogai, Kanatos de Kazán, de Crimea o de Astrakán entre otros) serán dueños de la estepa rusa hasta bien entrado el siglo XVI, cuando los moscovitas de Iván el Terrible comiencen lenta pero inexorablemente su expansión hacia el este, que les llevará al mar del Japón en menos de un siglo.

sábado, 21 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (III) Moscú se afianza bajo el patronazgo de la Horda de Oro








Habíamos visto los diferentes factores que hicieron que Moscú empezara a destacar sobre las otras ciudades del noroeste de Rusia: uno de ellos era el carisma de los gobernantes moscovitas, que tuvieron que hacer verdaderos equilibrios para no caer en desgracia frente a sus señores los tártaros de la Horda, imponerse sobre sus súbditos rusos de manera favorable y a la vez no perder el favor de la Iglesia Ortodoxa, que como hemos visto, dio el espaldarazo definitivo a Moscú frente a las otras ciudades rusas al trasladar allí la sede metropolitana desde la decadente Kiev.

En unos momentos en donde los tártaros no estaban en condiciones de exigir demasiado a los rusos debido a que los católicos polacos y lituanos amenazaban el flanco occidental de su imperio, fue precisamente la Iglesia Ortodoxa quien más contribuyó a dotar a la segunda Rusia (la que surgió de la ruinas de Kiev) de una identidad fuerte frente a sus enemigos herejes de occidente y sus señores infieles de oriente.

Todo comenzó con el traslado de la sede metropolitana de Kiev a Vladimir en 1299, y después a Moscú en tiempos del patriarca Pedro (1308 – 1329), a instancias de su príncipe, Iván I. En 1325 ambos acordaron la construcción de la iglesia de la Dormición (1325) en donde ambos están enterrados. Otros eclesiásticos carismáticos que confirman el buen momento de la Iglesia rusa, de lo cual Moscú se benefició enormemente, son Sergio de Rádonezh (1315 – 1392), héroe ortodoxo, renovador y fundador de monasterios (no dejéis de mirar el magnífico cuadro de Ernst Lissner que muestra a San Sergio bendiciendo a Dimitri Donskói antes de la batalla de Kulikovo), el pintor Andrei Rublev (tampoco dejéis de ver la película que hizo Andrey Tarkovsky en 1966 sobre su vida) o el misionero San Esteban (1340 – 1396).

Este periodo en el que Moscú comienza a afianzarse en el noroeste coincide con el reinado de Iván I (1325 – 1340), de quien hablaremos pronto.

Los tártaros de la Horda de Oro aún no veían a los rusos como un peligro real. Para ellos eran unos cristianos que guardaban la región noroccidental de su imperio, pagaban sus tributos puntualmente y no daban mayores problemas. Esto no quiere decir que no hubiera campañas punitivas contra los rusos de cuando en cuando, para que no se confiaran. Estas expediciones de castigo nunca asolaban la región completa, sino que afectaban a ciudades sueltas o a pequeñas zonas a elección del Kan, de este modo los rusos nunca se sentían seguros, y por lo tanto seguían colaborando. A la vez, es justo decir, que las ciudades rusas prosperaron enormemente  bajo la protección de la Horda, ya que solos nunca hubieran podido sobrevivir a la amenaza occidental, ya sean estos germanos, polacos o lituanos, católicos todos, dispuestos a eliminar la identidad rusa de la faz de la tierra, y que se basaba, como sabemos, en el cristianismo ortodoxo. Los Kanes de la Horda de Oro sin embargo (recién convertidos por estas fechas al Islam) siempre fueron tolerantes con las opciones religiosas de sus súbditos.

Una de las formas de colaboración habitual de los rusos con sus señores era la autorecaudación de impuestos para la Horda. En un principio los kanes tenían a unos recaudadores llamados baskak, funcionarios estacionados en guarniciones militares que ejercían de facto la función de gobernadores de una darugha (o pequeña entidad territorial mongola, similar a una provincia). Con el tiempo, los kanes delegaron esta función en las familias nobles rusas, que recaudaban los tributos (lo que les elevaba a la categoría de gobernadores) para la Horda de Oro. Esta circunstancia podría hacernos pensar que los tártaros habían aflojado la cuerda un tanto, concediendo más autonomía a los rusos, que prácticamente se autogobernaban. Esto no es del todo cierto, y lo que nos encontramos aquí es una forma de dominación diferente, aunque igualmente efectiva, que recuerda a las formas actuales de colonialismo moderno: las grandes corporaciones, hoy día, pactan con las elites locales de los países cuyos recursos pretenden sustraer (petroleo, oro, café etc), permitiendo la extracción indiscriminada de su riqueza, a cambio de un pingüe beneficio. Así la compañía se queda con todo, la elite local amasa a cambio una gran fortuna por vender los recursos de su país, y el resto de la población (que suele ser más del 95%) queda ajena a este proceso, y por supuesto no ve un duro. Pues bien, algo así pasaba en la Rusia de la primera mitad del siglo XIV.

Bien es cierto que hay países que siguen en esta situación de dependencia de por vida, mientras que otros pronto se sacuden el yugo colonial para iniciar su propia andadura, como sería el caso del Japón de finales del siglo XIX, por ejemplo, que pasó de colonizado a colonizador y creador de un imperio comercial en apenas unas décadas.

El caso de los principados rusos en esta época recordaría al de los países del segundo tipo. Estuvieron al lado de los kanes, pagaron sus tributos y lucharon por ellos, pero solo mientras los kanes fueron fuertes.


martes, 10 de enero de 2012

EL SURGIMIENTO DE LA CIUDAD MEDIEVAL












A raíz de la desaparición del imperio romano asistimos a un proceso de empobrecimiento paulatino que afecta al modelo social y económico que se había desarrollado en Europa en los últimos siglos. El sistema urbano no será ajeno a esta nueva situación, provocada no solo por el colapso de Roma, sino por el establecimiento de pueblos bárbaros, de economía básicamente rural, dentro de sus fronteras.

Esta ruptura con el mundo antiguo no fue, sin embargo, tan radical. Y esto lo demuestran dos elementos fundamentales que debemos tener en cuenta, y que nos acercan a la realidad de la transición hacia el Medievo.

La Iglesia no solo sobrevivirá al derrumbe del imperio, sino que será la gran beneficiada de la nueva situación, alzándose con gran parte de los poderes terrenales presentes en Europa y gozando casi de un monopolio absoluto en materia espiritual. Las antiguas ciudades romanas se convierten ahora, de la mano de la Iglesia, en sedes episcopales, mientras que muchas de las tradiciones de la Antigüedad, perduran gracias a ella.

El segundo elemento que suaviza el cambio lo encontramos en Italia, cuna de la civilización romana, y que al encarar la Edad Media, lo hará siempre teniendo en cuenta las estructuras de su rico pasado. Esta continuidad está presente también en sus ciudades, que nunca perdieron su importancia del todo, siendo gérmenes todas ellas de las ricas y populosas ciudades italianas de la Baja Edad Media.  Estas características son extrapolables, aunque en menor medida, a otras regiones romanizadas de Europa occidental, como el sur de Francia, el norte de África y buena parte de la península ibérica.

A pesar de estos dos elementos, la decadencia urbana es notable en toda Europa durante los primeros siglos del Medievo. Y con la excepción del loable y fallido intento de renacimiento carolingio, las ciudades no pasaban de ser en la mayoría de los casos centros episcopales o plazas fortificadas para refugiarse en caso de ataque.

Es a partir del siglo XI, e incluso antes, cuando los núcleos urbanos, adormecidos durante cinco siglos, empiezan a tomar poco a poco protagonismo.

La visión más clásica a este respecto es la de Henri Pirenne, que en su obra sobre las ciudades en la Edad Media, vincula el renacer urbano directamente al desarrollo comercial. Según el historiador belga, todo surge a raíz de la sedentarización de grupos de mercaderes en torno a las “civitas” episcopales, o a los antiguos “burgos” carolingios. Los comerciantes crearán prósperos barrios extramuros llamados “portus” o “nuevos burgos” en torno estas las “protociudades” altomedievales, hasta acabar, con el tiempo, formando parte de un todo más o menos homogéneo.

La visión de Pirenne es clásica, aunque está desfasada. Ya algunos de sus discípulos, como el propio Ganshof, se dieron cuenta de que vincular comercio a desarrollo urbano no es aplicable a toda Europa, sino tan solo a la región comprendida en el centro y oeste del continente (Países Bajos, Bélgica, y parte de Francia y Alemania).

Hoy se piensa que las “protociudades” altomedievales tuvieron un papel comercial nada desdeñable. Es más, muchos de los causantes del retraimiento económico del periodo, como los invasores vikingos o musulmanes, fueron, a la vez, grandes fundadores de ciudades, a la par que buenos comerciantes. Por lo tanto, el papel de los mercaderes errantes, aunque fue relevante, tuvo un impacto relativo.

Así mismo, hoy también se piensa que si el verdadero motor de la economía medieval fue la agricultura, las ciudades no fueron en, modo alguno, ajenas a esto. Así, la expansión agrícola traería consigo un crecimiento demográfico que cristalizaría en núcleos de población con formas económicas más avanzadas, por lo que muchas de las ciudades medievales las encontramos no solo en las rutas comerciales sino en las zonas agrícolas más prósperas.

lunes, 2 de enero de 2012

EL FEUDALISMO: VASALLOS Y SIERVOS (2º ESO)

Tradicionalmente, al hablar del mundo feudal, muchas personas confunden el término vasallo con el de siervo. Tanto es así, que cuando una persona está sometida a otra en una situación de desigualdad, como un empleado a un jefe, por ejemplo, o un ciudadano cualquiera a los intereses de un gran banco, decimos que es su vasallo. Así, la palabra vasallo ha pasado a designar a alguien que está esclavizado y que nada o muy poco puede hacer para remediar su situación.

En la Edad Media sin embargo, el término vasallo tenía un significado diferente. Los vasallos solían ser señores, es decir, gente poderosa (tanto nobles como clérigos) que estaban al servicio de otros señores igualmente poderosos. Así, hasta los propios reyes podían llegar a ser vasallos del emperador o del papa, e incluso de otros reyes. Un ejemplo claro serían los reyes de Inglaterra, que desde el siglo XI fueron vasallos de los reyes de Francia. A todo este conglomerado de relaciones entre señores podemos llamarlo sistema feudo – vasallático, y que consistía en lo siguiente:

Un noble se hace vasallo de otro, normalmente más poderoso, y se compromete a ayudarle cuando lo necesite. En la guerra sobre todo. A cambio el señor más poderoso, entrega a su vasallo un  feudo. El feudo solía ser una extensión de tierra, que incluía un castillo, y una serie de zonas para el cultivo, en donde vivían campesinos en pequeñas aldeas. Todo esto es lo que daba el señor a su vasallo a cambio de su fidelidad.

Otra cosa son los siervos. Éstos iban incluidos en el lote que hemos llamado feudo, y solían ser los campesinos que vivían en las diferentes aldeas alrededor del castillo, aunque no todos trabajaban la tierra, ya que algunos vivían directamente en la casa del señor, haciendo tareas domésticas. Los siervos, las más de las veces, vivían en una situación cercana a la esclavitud, y estaban obligados a pagar una renta al señor. Normalmente no podían abandonar la tierra, y además debían pagar otra serie de impuestos si querían utilizar el horno o el molino. Era como una especie de alquiler que había que pagar al señor a cambio de que éste te dejara vivir en sus tierras.

Esta situación tan penosa en la que vivía el campesino duró buena parte de la Edad Media, al menos hasta que surgieron las primeras grandes ciudades medievales, que eran normalmente lugares abiertos y en donde algunos campesinos lograron instalarse, haciéndose herreros, panaderos o carpinteros, y además lejos de la influencia del señor, aunque para que esto ocurra, aún deberán pasar algunos siglos.