viernes, 14 de octubre de 2011

LA VIDA EN EL DESIERTO DE ARABIA (2º ESO)










Contrariamente a los árabes sedentarios que viven en ciudades como Medina o la Meca, dedicados principalmente al comercio, o aquellos que viven en las regiones del sur, como Yemen, cuyo escaso pero suficiente régimen de lluvias permite cierta agricultura, las gentes del desierto, los beduínos, son nómadas, es decir, van de un lado a otro en busca de los mejores pastos para su ganado y a la vez luchan entre sí por el control de los pozos de agua.

El agua es el verdadero oro del desierto, pues permite no solo crecer los pastos, sino dar de beber a hombres y animales. Tanto es así, que allá donde hay un pozo suele establecerse un campamento permanente. No debemos confundir los pozos con los oasis. Los primeros son excavados artificialmente por el hombre y pueden sobrepasar los 70 metros de profundidad. En los oasis por el contrario, el agua brota de manera natural, y en sus márgenes suelen surgir aldeas y ciudades en donde los beduínos van a abastecerse y a intercambiar productos.

El beduíno conoce muy bien el desierto, aunque su vida es muy dura, ya que está condenado a peregrinar de pozo en pozo para subsistir. Es un medio muy difícil, por lo que los nómadas a veces pasaban hambre y necesidades, llegando a extremos como el infanticidio femenino. Esto sin embargo les hacía resistentes y orgullosos, así como grandes guerreros.

Su carácter belicoso presidía también sus relaciones con otros pueblos:

Así, frente a los sedentarios ejercían funciones protectoras a cambio de un tributo, lo que hoy conoceríamos como extorsión, o sea, dame dátiles, tejidos, harinas etc. y yo a cambio simplemente no te ataco ni destruyo tu aldea. Este tipo de protección también se extendía a las caravanas, que traían productos exóticos de sitios lejanos como Persia o incluso China. El sistema era el mismo: págame para que no te robe, mientras te defiendo de los ladrones – que suelen ser así mismo beduínos como ellos -.

A parte de estas funciones protectoras  - de tipo mafioso que diríamos hoy -, a veces atacaban directamente a las caravanas o a otras tribus nómadas. Es lo que se conoce como algara (palabra que significa ataque o incursión rápida) y que es una de tantas palabras de origen árabe que usamos hoy en nuestro castellano. Las algaras se basan en el elemento sorpresa, a fin de robar ganado o personas, mujeres y niños por los que luego pedirían rescate o bien venderían como esclavos.

Esta forma de hacer la guerra, rápida y por sorpresa, es la que permitió a los árabes expandir su nueva religión, el Islám, más allá de sus fronteras con gran rapidez, así apenas un siglo después de la muerte de Mahoma (632), los musulmanes controlaban los territorios que iban desde la península ibérica hasta la India, incluyendo el norte de África, y gran parte de los imperios bizantino y persa.

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