jueves, 26 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (IV) Mongoles y tártaros





Los dueños de la estepa infinita. Señores del este, creadores de vastos imperios, nómadas y paganos.

Así eran en principio los enemigos naturales de los príncipes rusos. Andando el tiempo, al igual que los mongoles, y después de que Tarmerlán acabara con la influencia del cristianismo en los pueblos túrquicos, los tártaros acabaron por adaptar el islam, una religión que les dio una nueva identidad, más acorde con unos pueblos que ya no trataban de conquistar por que sí, como los mongoles en el siglo XIII, sino de afianzar lo conquistado y de crear una administración eficaz. En definitiva, querían consolidar sus imperios y hacerlos perdurar en el tiempo.

Los rusos siempre hablaron de tártaros al referirse a los pueblos de la estepa. Y aunque esta palabra daba nombre a una de las tribus mongolas que a partir de finales del siglo XII salieron de Asia a conquistar el mundo, con el tiempo acabó por designar, independientemente de su origen, raza o religión, a todo pueblo estepario al este del limes ruso.

Los mongoles podrían ser considerados como los antepasados de los tártaros, que salieron del este de Asia en diferentes tribus unidas por el famoso Chinguis Kan (Gengis Kan no es más que una mala traducción europea de un texto árabe). Chinguis era señor de las diferentes tribus de Mongolia desde 1190, aunque su expansión más allá de sus fronteras no comenzó hasta 1215, fecha de las primeras victorias contra el imperio Jin, situado al noreste de China. En 1218, los mongoles deciden entonces mirar hacia occidente, con terribles consecuencias para el mundo islámico, cuyo único rival hasta ahora estaba al oeste, y para los cristianos europeos, sobre todo para los príncipes de la primera Rusia. Afortunadamente para ellos, Chinguis muere en 1227, sin embargo el poderío mongol estaba en su apogeo, por lo que a pesar de las luchas por la sucesión, las rápidas hordas mongolas siguieron expandiéndose hacia los cuatro puntos cardinales afanosos por conquistar el mundo.

En lo que respecta a los príncipes rusos, el peor momento estaba por llegar. El área dominada por los mongoles en aquella región fue dividida en dos entidades, que son la Horda Blanca, bajo Orda Kan, y que comprende los territorios en la región sur y este del Volga, y la Horda Azul bajo otro nieto de Chingis, llamado Batu Kan, que ocuparía la región occidental y que será el responsable del asalto a Rusia y después a Europa occidental.

En efecto, Batu Kan recorrió gran parte del territorio ruso sembrando la muerte y la desolación a su paso. La propia Kiev fue saqueada sin piedad en 1240, y lo que conocemos como Rus de Kiev nunca volvió a recuperarse. Los principados rusos de este estado pasaron a ser vasallos de la Horda. Solo las ciudades norteñas como Novgorod, por la lejanía y el frío, se salvaron de la ira de los mongoles.

Los mongoles de Batu Kan, bajo el carismático general Subotai, saquearon también como sabemos buena parte de Europa central, llegando hasta Austria, sin embargo, cuando parecía que iban a plantarse en las orillas mismas del Atlántico, el Gran Kan, Ogodei, muere. Estamos en el 1241, y tanto Batu como su general Subotai han de ir a China para asistir a la elección del nuevo Kan, para lo cual habrá que esperar 5 años. Europa se había salvado in extremis. Además, ningún mongol volvió a poner sus ojos tan al oeste nunca más. La civilización feudal europea pudo por tanto proseguir su camino. Y en cuanto a Rusia, aunque herida casi de muerte, como va dicho, conservó su identidad y pudo resurgir en las regiones norteñas del principado de Kiev, en torno a ciudades como Tver, Moscú, Vladimir o Riazán.

Los sucesores de Batu Kan, que fueron su hijo Sartaq y posteriormente su hermano Berke, perdieron el interés por conquistar Europa occidental. Es decir, no veían con buenos ojos una expansión cuando a todas luces las divisiones internas dentro del imperio mongol eran más que evidentes, así prefirieron consolidar el territorio.

Durante el reinado de Sartaq, personaje con tintes legendarios, se consolida la llamada Horda de Oro, que englobaba las hordas azul y blanca. Esta Horda comprendía la parte occidental del disgregado imperio mongol, aquella que observaban los cristianos europeos de entonces desde su flanco más oriental, ocupado, como sabemos por los rusos. Los principados del viejo Rus por tanto, que al igual que los reinos hispánicos del mismo periodo, hacían de escudo y pantalla de la cristiandad frente a los bárbaros.

En cuanto a Berke, se convirtió al islám. Un hecho significativo y de vital importancia, pues después de él, todos los kanes de la Horda de Oro profesaro esta religión.

Mientras tanto Europa occidental, no volvió a sufrir ataques mongoles. Fue, paradójicamente el mundo islámico, concretamente el imperio de los abasidas quien sufre a partir de ahora su furia, que les hará llegar hasta Siria y Egipto, y arruinando como sabemos Bagdad y el imperio abásida. Estas acciones fueron llevadas a cabo por otra rama mongola que nada tenía que ver con la Horda de Oro, y que acabó fundando el llamdo ilkanato persa. Otra historia.

Mientras la Horda de Oro consolidaba su poder, y establecía su capital en la fastuosa Sarai, en el bajo Volga, el componente étnico mongol dejó de ser exclusivo, y acabó englobando a diferentes pueblos túrquicos de las estepas. La adopción del islám les dotó así mismo de una identidad diferente a la de sus hermanos de oriente, asentados en China.

El término tártaro pareció ser entonces más adecuado para designar a estos pueblos. Los tártaros de la Horda de Oro, y los reinos herederos (la Horda de Nogai, Kanatos de Kazán, de Crimea o de Astrakán entre otros) serán dueños de la estepa rusa hasta bien entrado el siglo XVI, cuando los moscovitas de Iván el Terrible comiencen lenta pero inexorablemente su expansión hacia el este, que les llevará al mar del Japón en menos de un siglo.

sábado, 21 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (III) Moscú se afianza bajo el patronazgo de la Horda de Oro








Habíamos visto los diferentes factores que hicieron que Moscú empezara a destacar sobre las otras ciudades del noroeste de Rusia: uno de ellos era el carisma de los gobernantes moscovitas, que tuvieron que hacer verdaderos equilibrios para no caer en desgracia frente a sus señores los tártaros de la Horda, imponerse sobre sus súbditos rusos de manera favorable y a la vez no perder el favor de la Iglesia Ortodoxa, que como hemos visto, dio el espaldarazo definitivo a Moscú frente a las otras ciudades rusas al trasladar allí la sede metropolitana desde la decadente Kiev.

En unos momentos en donde los tártaros no estaban en condiciones de exigir demasiado a los rusos debido a que los católicos polacos y lituanos amenazaban el flanco occidental de su imperio, fue precisamente la Iglesia Ortodoxa quien más contribuyó a dotar a la segunda Rusia (la que surgió de la ruinas de Kiev) de una identidad fuerte frente a sus enemigos herejes de occidente y sus señores infieles de oriente.

Todo comenzó con el traslado de la sede metropolitana de Kiev a Vladimir en 1299, y después a Moscú en tiempos del patriarca Pedro (1308 – 1329), a instancias de su príncipe, Iván I. En 1325 ambos acordaron la construcción de la iglesia de la Dormición (1325) en donde ambos están enterrados. Otros eclesiásticos carismáticos que confirman el buen momento de la Iglesia rusa, de lo cual Moscú se benefició enormemente, son Sergio de Rádonezh (1315 – 1392), héroe ortodoxo, renovador y fundador de monasterios (no dejéis de mirar el magnífico cuadro de Ernst Lissner que muestra a San Sergio bendiciendo a Dimitri Donskói antes de la batalla de Kulikovo), el pintor Andrei Rublev (tampoco dejéis de ver la película que hizo Andrey Tarkovsky en 1966 sobre su vida) o el misionero San Esteban (1340 – 1396).

Este periodo en el que Moscú comienza a afianzarse en el noroeste coincide con el reinado de Iván I (1325 – 1340), de quien hablaremos pronto.

Los tártaros de la Horda de Oro aún no veían a los rusos como un peligro real. Para ellos eran unos cristianos que guardaban la región noroccidental de su imperio, pagaban sus tributos puntualmente y no daban mayores problemas. Esto no quiere decir que no hubiera campañas punitivas contra los rusos de cuando en cuando, para que no se confiaran. Estas expediciones de castigo nunca asolaban la región completa, sino que afectaban a ciudades sueltas o a pequeñas zonas a elección del Kan, de este modo los rusos nunca se sentían seguros, y por lo tanto seguían colaborando. A la vez, es justo decir, que las ciudades rusas prosperaron enormemente  bajo la protección de la Horda, ya que solos nunca hubieran podido sobrevivir a la amenaza occidental, ya sean estos germanos, polacos o lituanos, católicos todos, dispuestos a eliminar la identidad rusa de la faz de la tierra, y que se basaba, como sabemos, en el cristianismo ortodoxo. Los Kanes de la Horda de Oro sin embargo (recién convertidos por estas fechas al Islam) siempre fueron tolerantes con las opciones religiosas de sus súbditos.

Una de las formas de colaboración habitual de los rusos con sus señores era la autorecaudación de impuestos para la Horda. En un principio los kanes tenían a unos recaudadores llamados baskak, funcionarios estacionados en guarniciones militares que ejercían de facto la función de gobernadores de una darugha (o pequeña entidad territorial mongola, similar a una provincia). Con el tiempo, los kanes delegaron esta función en las familias nobles rusas, que recaudaban los tributos (lo que les elevaba a la categoría de gobernadores) para la Horda de Oro. Esta circunstancia podría hacernos pensar que los tártaros habían aflojado la cuerda un tanto, concediendo más autonomía a los rusos, que prácticamente se autogobernaban. Esto no es del todo cierto, y lo que nos encontramos aquí es una forma de dominación diferente, aunque igualmente efectiva, que recuerda a las formas actuales de colonialismo moderno: las grandes corporaciones, hoy día, pactan con las elites locales de los países cuyos recursos pretenden sustraer (petroleo, oro, café etc), permitiendo la extracción indiscriminada de su riqueza, a cambio de un pingüe beneficio. Así la compañía se queda con todo, la elite local amasa a cambio una gran fortuna por vender los recursos de su país, y el resto de la población (que suele ser más del 95%) queda ajena a este proceso, y por supuesto no ve un duro. Pues bien, algo así pasaba en la Rusia de la primera mitad del siglo XIV.

Bien es cierto que hay países que siguen en esta situación de dependencia de por vida, mientras que otros pronto se sacuden el yugo colonial para iniciar su propia andadura, como sería el caso del Japón de finales del siglo XIX, por ejemplo, que pasó de colonizado a colonizador y creador de un imperio comercial en apenas unas décadas.

El caso de los principados rusos en esta época recordaría al de los países del segundo tipo. Estuvieron al lado de los kanes, pagaron sus tributos y lucharon por ellos, pero solo mientras los kanes fueron fuertes.


martes, 10 de enero de 2012

EL SURGIMIENTO DE LA CIUDAD MEDIEVAL












A raíz de la desaparición del imperio romano asistimos a un proceso de empobrecimiento paulatino que afecta al modelo social y económico que se había desarrollado en Europa en los últimos siglos. El sistema urbano no será ajeno a esta nueva situación, provocada no solo por el colapso de Roma, sino por el establecimiento de pueblos bárbaros, de economía básicamente rural, dentro de sus fronteras.

Esta ruptura con el mundo antiguo no fue, sin embargo, tan radical. Y esto lo demuestran dos elementos fundamentales que debemos tener en cuenta, y que nos acercan a la realidad de la transición hacia el Medievo.

La Iglesia no solo sobrevivirá al derrumbe del imperio, sino que será la gran beneficiada de la nueva situación, alzándose con gran parte de los poderes terrenales presentes en Europa y gozando casi de un monopolio absoluto en materia espiritual. Las antiguas ciudades romanas se convierten ahora, de la mano de la Iglesia, en sedes episcopales, mientras que muchas de las tradiciones de la Antigüedad, perduran gracias a ella.

El segundo elemento que suaviza el cambio lo encontramos en Italia, cuna de la civilización romana, y que al encarar la Edad Media, lo hará siempre teniendo en cuenta las estructuras de su rico pasado. Esta continuidad está presente también en sus ciudades, que nunca perdieron su importancia del todo, siendo gérmenes todas ellas de las ricas y populosas ciudades italianas de la Baja Edad Media.  Estas características son extrapolables, aunque en menor medida, a otras regiones romanizadas de Europa occidental, como el sur de Francia, el norte de África y buena parte de la península ibérica.

A pesar de estos dos elementos, la decadencia urbana es notable en toda Europa durante los primeros siglos del Medievo. Y con la excepción del loable y fallido intento de renacimiento carolingio, las ciudades no pasaban de ser en la mayoría de los casos centros episcopales o plazas fortificadas para refugiarse en caso de ataque.

Es a partir del siglo XI, e incluso antes, cuando los núcleos urbanos, adormecidos durante cinco siglos, empiezan a tomar poco a poco protagonismo.

La visión más clásica a este respecto es la de Henri Pirenne, que en su obra sobre las ciudades en la Edad Media, vincula el renacer urbano directamente al desarrollo comercial. Según el historiador belga, todo surge a raíz de la sedentarización de grupos de mercaderes en torno a las “civitas” episcopales, o a los antiguos “burgos” carolingios. Los comerciantes crearán prósperos barrios extramuros llamados “portus” o “nuevos burgos” en torno estas las “protociudades” altomedievales, hasta acabar, con el tiempo, formando parte de un todo más o menos homogéneo.

La visión de Pirenne es clásica, aunque está desfasada. Ya algunos de sus discípulos, como el propio Ganshof, se dieron cuenta de que vincular comercio a desarrollo urbano no es aplicable a toda Europa, sino tan solo a la región comprendida en el centro y oeste del continente (Países Bajos, Bélgica, y parte de Francia y Alemania).

Hoy se piensa que las “protociudades” altomedievales tuvieron un papel comercial nada desdeñable. Es más, muchos de los causantes del retraimiento económico del periodo, como los invasores vikingos o musulmanes, fueron, a la vez, grandes fundadores de ciudades, a la par que buenos comerciantes. Por lo tanto, el papel de los mercaderes errantes, aunque fue relevante, tuvo un impacto relativo.

Así mismo, hoy también se piensa que si el verdadero motor de la economía medieval fue la agricultura, las ciudades no fueron en, modo alguno, ajenas a esto. Así, la expansión agrícola traería consigo un crecimiento demográfico que cristalizaría en núcleos de población con formas económicas más avanzadas, por lo que muchas de las ciudades medievales las encontramos no solo en las rutas comerciales sino en las zonas agrícolas más prósperas.

lunes, 2 de enero de 2012

EL FEUDALISMO: VASALLOS Y SIERVOS (2º ESO)

Tradicionalmente, al hablar del mundo feudal, muchas personas confunden el término vasallo con el de siervo. Tanto es así, que cuando una persona está sometida a otra en una situación de desigualdad, como un empleado a un jefe, por ejemplo, o un ciudadano cualquiera a los intereses de un gran banco, decimos que es su vasallo. Así, la palabra vasallo ha pasado a designar a alguien que está esclavizado y que nada o muy poco puede hacer para remediar su situación.

En la Edad Media sin embargo, el término vasallo tenía un significado diferente. Los vasallos solían ser señores, es decir, gente poderosa (tanto nobles como clérigos) que estaban al servicio de otros señores igualmente poderosos. Así, hasta los propios reyes podían llegar a ser vasallos del emperador o del papa, e incluso de otros reyes. Un ejemplo claro serían los reyes de Inglaterra, que desde el siglo XI fueron vasallos de los reyes de Francia. A todo este conglomerado de relaciones entre señores podemos llamarlo sistema feudo – vasallático, y que consistía en lo siguiente:

Un noble se hace vasallo de otro, normalmente más poderoso, y se compromete a ayudarle cuando lo necesite. En la guerra sobre todo. A cambio el señor más poderoso, entrega a su vasallo un  feudo. El feudo solía ser una extensión de tierra, que incluía un castillo, y una serie de zonas para el cultivo, en donde vivían campesinos en pequeñas aldeas. Todo esto es lo que daba el señor a su vasallo a cambio de su fidelidad.

Otra cosa son los siervos. Éstos iban incluidos en el lote que hemos llamado feudo, y solían ser los campesinos que vivían en las diferentes aldeas alrededor del castillo, aunque no todos trabajaban la tierra, ya que algunos vivían directamente en la casa del señor, haciendo tareas domésticas. Los siervos, las más de las veces, vivían en una situación cercana a la esclavitud, y estaban obligados a pagar una renta al señor. Normalmente no podían abandonar la tierra, y además debían pagar otra serie de impuestos si querían utilizar el horno o el molino. Era como una especie de alquiler que había que pagar al señor a cambio de que éste te dejara vivir en sus tierras.

Esta situación tan penosa en la que vivía el campesino duró buena parte de la Edad Media, al menos hasta que surgieron las primeras grandes ciudades medievales, que eran normalmente lugares abiertos y en donde algunos campesinos lograron instalarse, haciéndose herreros, panaderos o carpinteros, y además lejos de la influencia del señor, aunque para que esto ocurra, aún deberán pasar algunos siglos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

LIBROS SOBRE MITOLOGÍA CELTA QUE ESTUDIAREMOS (1º ESO)





Cualquier persona de entre 10 y 15 años que quiera iniciarse en esto de la mitología celta, debe saber que hay un sin fin de libros muy interesantes.

Algunos de estos libros reproducen de alguna manera textos originales, es decir, aquellos que escribieron los monjes irlandeses y galeses recopilando las leyendas de sus antepasados. 
 Desgraciadamente la 
mayoría de las obras de este grupo son tan cultas que podrían resultar aburridas para estudiantes de la ESO, por ello es mejor que las estudiemos y hablemos de ellas en clase, y el profesor ya sabrá hacerlas entretenidas.

De todos modos, pronto publicaré una entrada que hablará sobre libros más adecuados para vuestra edad. Más “entretenidos” digamos, en donde las historias son amenas y en donde podréis encontrar mapas e interesantes dibujos.

Volvamos mientras al primer grupo, con aquellos libros que reproducen tratados originales escritos por monjes y otros eruditos. 

Un libro muy interesante, que narra las sucesivas invasiones que sufrió Irlanda desde los tiempos del Diluvio, es el Libro de las Invasiones (Lebor Gabála) , que narra, entre otras, las aventuras de los Tuatha de Danann (que hoy son las hadas y personajes del mundo subterráneo que viven en Irlanda) y su lucha contra el terrible y oscuro pueblo de los Fomorianos. Así mismo habla también de la llegada de la quinta invasión, la de los Milesios, valientes y orgullosos guerreros que llegaron a la isla procedentes de España. A pesar de que lo que cuenta este libro no fue real, el Libro de las Invasiones está considerado como una obra imprescindible si se quiere conocer el mundo legendario de los celtas.

El Ciclo del Ulster es otra de las grandes obras que no debemos olvidar. En ella se cuentan las aventuras del mejor guerrero irlandés de todos los tiempos, Cuchulainn, que vivirá bajo el reinado de Conchobar Mac Nessa, uno de los reyes del Ulster (la provincia situada más al norte de Irlanda). El conjunto de historias del Ciclo del Ulster recuerdan a veces a la Iliada y a la Odisea, aunque tiene elementos típicamente celtas como la aparición de bardos y druidas, o la práctica del robo de ganado, tan popular que se consideraba poco menos que un deporte. 

El Ciclo de Fenian es otro conjunto de textos imprescindibles. Narra la historia de Fionn Mac Cumhall y de sus increíbles hazañas. Fionn era el líder de un grupo de guerreros valerosos llamados fenianos (fianna, en irlandés antiguo). Los fenianos eran guerreros que no pertenecían a ningún clan o tribu, y que luchaban por su cuenta, según sus propias leyes. Eran mercenarios y bandidos, que en determinados momentos podían ser contratados por algunos reyes para luchar contra enemigos concretos. No todo el mundo podía ser un feniano, pues debían ser hombres capaces de hacer cosas increíbles, y de pasar pruebas muy difíciles. Algunas de las proezas de Fionn Mac Cumhall y sus fenianos inspiraron después muchas de las historias del rey Arturo y sus caballeros, como veremos.

La colección de relatos que forma el Mabinogion es otra obra fundamental. Fue escrito por monjes galeses ya en la Edad Media, y mezcla la tradición céltica pagana, con las nuevas tradiciones cristianas. Se divide en cuatro partes, que son las llamadas “Cuatro ramas”, que cuentan la historia de Pwyll, señor de Dyfed, en Gales, y sus relaciones con Irlanda y otras regiones. Estos relatos, a la vez que entretenidos, nos dan muchas pistas sobre cómo vivían las gentes de estos remotos lugares de las islas británicas, que ya en plena Edad Media, constituyeron, como sabemos, el último reducto de los celtas.

En cuanto al último de los héroes celtas, Arturo, hay innumerables obras, cuentos, poemas y relatos sobre su figura. Nosotros, que nos limitaremos en clase a introducir tan solo al personaje, estudiaremos por encima la obra, imprescindible, de Geoffrey de Monmouth, que en el siglo XII escribió un libro titulado Historia de los reyes de Britania, y que recopila antiguas leyendas artúricas y las mezcla con cosas que él mismo inventa. Así, tenemos a un verdadero héroe, a caballo entre el antiguo mundo celta precristiano y la Edad Media caballeresca. También estudiaremos a otros autores importantes que hablaron sobre este tema, y que son el francés Chrétien de Troyes y el inglés Sir Thomas Malory. Tanto nombre y tanto libro raro no debe, sin embargo, hacernos pensar que la historia de Arturo es aburrida, si no nadie hubiera escrito tanto sobre él, ni se hubieran dibujado tantos comics o hecho tantas películas ¿no creéis?

domingo, 11 de diciembre de 2011

MITOS Y LEYENDAS CELTAS (1º ESO)





A pesar de ser menos conocida que lo clásica, no debemos olvidar la importancia de la mitología celta. Sus historias de dioses y héroes legendarios no tienen nada que envidiar a los mitos grecolatinos, y en cierto modo están más elaborados que los mitos germánicos, a pesar de que éstos perduraron en el tiempo hasta bien entrada la Edad Media.

Es cierto que los mitos grecolatinos están hoy presentes en casi todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana, desde el cine y el cómic, hasta la literatura o la pintura. Sin embargo esto no debe restar importancia a las leyendas celtas, que de alguna manera también están presentes en el siglo XXI. 

¿Quién no conoce las leyendas del rey Arturo o del mago Merlín? ¿Quién no ha oído o leído historias de elfos o duendes? Por no hablar de muchos de los cuentos de hadas que conocemos, o las historias de caballeros andantes en las cuales se inspiró Cervantes para escribir el Quijote, los cuentos de amores imposibles como la de Tristán e Isolda o las narraciones sobre búsquedas interminables como la del Santo Grial. 

Los celtas son un pueblo europeo que estuvo asentado en buena parte de lo que hoy es Europa occidental, así en su momento de máxima expansión ocupaba parte de los territorios de las actuales España y Portugal, norte de Italia, Suiza, sur de Alemania, Bélgica, Francia y también las islas británicas. El hecho de que este pueblo ocupara un territorio tan amplio no quiere decir que formaran un imperio, como sí hacían los romanos por aquel tiempo. Ellos sabían que formaban parte de una misma cultura, sin embargo estaban divididos en un sin fin de tribus y reinos, y las guerras entre ellos eran algo habitual. Quizá por ello, los celtas eran grandes guerreros, y dieron muchos quebraderos de cabeza a sus enemigos, que eran, como siempre suele ocurrir, sus vecinos, es decir, los germanos y los romanos. 

Había dos tipos de pueblos celtas, por así decirlo: 

El primer grupo lo formaban aquellos que vivían en el continente, a saber, los galos, los belgas o los celtíberos entre otros. Estos celtas continentales desaparecieron, digamos, al ser conquistados por los romanos, que después de su victoria construyeron acueductos, puentes y calzadas, así como ciudades, haciendo que estos territorios pasaran a formar parte del imperio romano. Por eso hoy en día en Francia (donde estaban los irreductibles galos) se habla francés, que viene de la lengua que hablaban los romanos, el latín. Lo mismo ocurrió en la península ibérica, por lo que hoy apenas sabemos nada de nuestros valientes celtíberos.

El segundo grupo estaba compuesto por los celtas que cruzaron el canal de la Mancha y pasaron a las islas británicas, que como sabemos hoy día comprenden dos países diferentes, Gran Bretaña e Irlanda. A esta región europea los romanos llegaron mucho más tarde, al ser islas y además lejanas, y cuando lo hicieron, no dejaron una huella tan profunda como en Francia o España, por lo que los celtas que allí vivían no se extinguieron. Además, Irlanda y Escocia, entre otras regiones, jamás formaron parte del imperio Romano, con lo que sus habitantes pudieron seguir con sus costumbres varios siglos más. Incluso una vez cristianizados, las antiguas leyendas paganas siguieron vivas de alguna manera. Es más, fueron los propios monjes celtas quienes durante la Edad Media recopilaron los mitos de sus antepasados, poniéndolos por escrito en libros maravillosamente decorados, gracias a los cuales hoy día conocemos muchas cosas sobre su mitología. 

Los monjes celtas creían que la voluntad de Dios podía cambiarse si ponías mucho empeño en algo y lo deseabas mucho. Ellos pensaban que si eras capaz de hacer algo realmente fuera de lo normal, podrías cambiar tu destino. De ahí que siempre estuvieran viajando por el mundo en busca de nuevas tierras que evangelizar o recopilando viejas leyendas con fervor incansable. En este sentido eran herederos de los grandes guerreros celtas, como Cuchulainn o Arturo, que con sus proezas lograron cambiar el mundo mágico en el que vivieron.

domingo, 13 de noviembre de 2011

LOS MUSULMANES CONQUISTAN LA PENÍNSULA IBÉRICA (2º ESO)





El periodo medieval tiene en España unas características muy diferentes a las del resto de Europa, ya que, en nuestro caso, estará marcado por la presencia musulmana, lo cual hará que nuestra Edad Media sea realmente original, a la par que fascinante.

¿Cómo comenzó todo? O mejor dicho, ¿cómo y por qué llegaron los musulmanes hasta la península ibérica? Pues bien, debemos situarnos en el contexto de la expansión del Islám. Ya sabemos que en el 632 muere Mahoma en la Meca, es decir en Arabia, y que a raíz de este acontecimiento, los musulmanes, fortalecidos por sus nuevas creencias y deseosos de darlas a conocer, se expandieron por buena parte del mundo, llegando hasta los confines de la India por el este y hasta el norte de África por el oeste. Cuando estaban en el actual Marruecos, que ya sabemos que está a tan solo unos kilómetros de nuestras costas, les llegaron noticias de la situación de la península y decidieron cruzar el estrecho, para así continuar su expansión, en este caso por Europa.

Ya sabemos que Europa en aquel momento estaba dividida en diferentes reinos bárbaros, que, como sabemos, no habían conseguido un grado de desarrollo tan importante como los romanos o los bizantinos. Tan solo los francos, sobre todo a raíz de la instauración del imperio carolingio, eran lo suficientemente poderosos para hacer frente a una amenaza exterior -de hecho así lo demostraron cuando detuvieron a los musulmanes en Poitiers en el 732 -. El reino bárbaro que había en nuestra península era el de los visigodos, como sabemos. ¿Eran los godos lo suficientemente fuertes para detener la oleada imparable del Islám como hicieron los francos? Pues no, y vamos a ver por qué.

Para empezar, la mayoría de los habitantes de la península eran gentes de costumbres romanas, o sea, que hablaban latín y eran cristianos, básicamente, mientras que los godos eran la minoría gobernante. La elite, digamos, que no era muy bien vista por la población, debido a las continuas guerras civiles que asolaban su territorio y a los altos impuestos que debían de pagar. Peor estaban los judíos, de los cuales había unos cuantos también, y a los que se privó de todo tipo de derechos. Además de godos, romanos y judíos, debemos hablar de los pueblos norteños que eran tribus belicosas y celosas de su independencia. Al llegar los musulmanes, serán estas tribus las que primero plantarán cara al invasor con éxito, como antes hicieron contra romanos y godos.

Con este panorama no es de extrañar que los musulmanes pensaran que el reino visigodo era una presa fácil. Si en la península ibérica no eran capaces de gobernarse a sí mismos, difícilmente iban a poder defenderse.