Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de agosto de 2012

BRIAN BORU (I) La figura del líder histórico













Hay tres tipos de líderes. Primero están aquellos generales, estadistas y reyes a los que la historiografía siempre ha mimado con celo. Algunos ejemplos clásicos son, como no, Alejandro, Julio César, Carlomagno o Napoleón, grandes figuras a quienes casi todo el mundo perdona sus errores, sus excesos o su crueldad. Otros personajes en cambio, gozando de las mismas virtudes y defectos, son demonizados por diferentes razones, ya sean éstas de índole política, religiosa o cultural. Ejemplos: Iván el Terrible o Felipe II, que gozan de una poco envidiable leyenda negra. El tercer tipo son aquellos que son ninguneados. Dentro de este grupo, Brian Boru destaca sobremanera.

Seguramente, y a pesar de que estamos hablando de un rey de Europa occidental, mucha gente apenas tendrá alguna idea sobre quién fue Brian Boru. No se cita en los libros de Historia de los colegios e institutos, no hay películas sobre él, ni apenas novelas. Los irlandeses vaya si lo conocen bien, y fuera de ahí (salvando quizá a algún inglés curioso) puede que los escandinavos, por aquello de que participaron en las guerras de Irlanda en torno al año mil, a parte de que su sistema educativo es magnífico, pero eso es otra historia.

Brían Boru fue un líder carismático. Si buscamos “carisma” en el diccionario, en la segunda acepción nos encontramos: Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad. En efecto, desde la Antigüedad se pensaba que el carisma era un don otorgado por los dioses a determinadas personas elegidas para ayudar a las gentes, para guiarlas y llevarlas por el camino correcto. Digamos que los dioses delegaban ese poder en un mortal, un líder. Por supuesto que estas personas cometían errores también. No en vano, la figura del “héroe”, en la antigua Grecia tenía connotaciones tanto divinas como humanas: así Ulises es frío y artero y Aquiles iracundo y orgulloso. En cuanto a los héroes del ciclo artúrico todos tienen pecados, algunos de ellos terribles, por lo que tan sólo uno de ellos, Perceval o Galahad en otras versiones, obtendrá el Grial.

Brían Boru será capaz de guiar a Irlanda, un pueblo acostumbrado a la guerra civil perpetua, a los señores de la guerra y a los ataques vikingos, hacia un periodo de paz que de haber durado lo suficiente hubiera situado a la isla entre las grandes potencias políticas y económicas del occidente medieval. Pero la vieja nobleza, los caudillos locales y señores de la guerra se opusieron a él con tenacidad, añorando el antiguo orden de cosas, el caos previo que satisfacía sus intereses personales frente al bien de la comunidad.  

miércoles, 10 de marzo de 2010

HISTORIA ÉPICA DE RUSIA (II) Paralelismos


Una de las razones por las que me he animado a recopilar datos sobre la Historia rusa, a parte de por lo comentado en mi anterior entrada sobre el tema, es por la fascinación que sobre mí ejercen los pueblos fronterizos. En el caso ruso, ellos suponen el confín no solo entre Europa y Asia, sino entre la Cristiandad y el Islám, un poco como fue el caso de la España cristiana del Medievo y aún de hoy día, por cuyo territorio pasaba el limes entre Europa y África. La frontera entre los mundos cristiano e islámico.

Es posible que todas las naciones fronterizas estén condenadas a parecerse de algún modo. Aunque el caso de España y Rusia es cosa sabida por la mayoría de los historiadores.
Ambas naciones, ya digo, ocupan los dos confines más expuestos de Europa, los unos al noreste y los otros al suroeste, en contacto directo con pueblos no europeos. Este hecho convierte a los habitantes de ambas naciones en gentes abiertas y permeables a las influencias externas, lo cual les hace incluso hacer gala de una tolerancia y respeto por las culturas foráneas que jamás hubiera tenido un inglés o un francés. A este respecto podemos citar ejemplos concretos como el escándalo que suponía para los caballeros borgoñones que ayudaron a Alfonso VI a tomar Toledo, el hecho de que el rey castellano leonés permitiera a los moros rezar en sus mezquitas tranquilamente, mientras similar respeto mostraron los Rusos tras conquistar ciudades tártaras como Kazán o Astrakhán, ante la mirada atónita de los corresponsales, embajadores y espías (que eran de todo un poco) británicos.

Esta tolerancia de las naciones fronterizas es una realidad incontestable, sin embargo la cercanía con el infiel y con el no europeo produce a la vez otra reacción, un tanto paradójica quizá, y es la cerrazón en sí mismas en pos de mantener una identidad amenazada en todo momento. Precisamente por ello ambas naciones han hecho gala de una religiosidad exacerbada. Los españoles fueron durante siglos el brazo armado de la Cristiandad, defendiendo no solo sus propias fronteras, sino también las ajenas, frente avance del Islám o la herejía, sin pensar en el precio. Mientras que los príncipes moscovitas hicieron de su capital la tercera Roma, y sobre sus espaldas cargaron, sin escatimar, toda la responsabilidad de proteger el cristianismo Ortodoxo y aún expandirlo, tras la caída de Constantinopla frente a los turcos.

A este carácter mesiánico, de sentirse el pueblo elegido para defender y expandir la verdadera fe, hemos de unirle otro elemento, mucho menos sublime, como es la capacidad militar. Como pueblos de frontera estaban acostumbrados no solo a los ataques - como cualquier pueblo europeo - sino a las invasiones también. Así en estos lugares nunca se estaba del todo a salvo. Había que estar siempre a la defensiva, lo cual forjó en estas gentes una mentalidad guerrera, que afectaba a campesinos, clérigos, nobles y reyes por igual. Esta situación de peligro constante les permitió, a rusos y españoles en este caso, no solo reconquistar lo que en su día perdieron a manos del enemigo, sean musulmanes árabes y norteafricanos, o mongoles y tártaros, sino expandirse aún más allá, como guerreros formidables que eran, llegando a construir imperios. Así los rusos, tras tomar Khazán y someter los khanatos del Volga, siguieron aprovechando su potencial guerrero y pronto cruzaron los Urales, para conquistar Siberia - ya no había peligro pero siguieron hacia el este - y en poco tiempo llegaron hasta el mar del Japón. Los españoles hicieron lo propio tras conquistar Granada a los moros, asegurando el estrecho y el norte de África - para impedir nuevas invasiones – y después lanzándose a la aventura indiana. Rusos y españoles conquistaron de esta manera continentes enteros, y además sin casi medios, ya que buena parte del presupuesto de guerra se iba en enfrentamientos costosísimas frente al enemigo europeo, mientras que reyes y zares dejaron en manos de soldados de fortuna empresas que consideraban de menor importancia. De este modo actuaron, para mayor gloria de sus naciones, la hueste indiana por un lado, y los cosacos por otro. En ambos casos los beneficios económicos de estas empresas aventureras apenas pasaban por los tesoros reales, pues iban directamente a los bolsillos de los prestamistas o a pagar a las tropas que combatían en Flandes o el Lituania, mientras, por supuesto, el pueblo no veía un duro.

Cristianismo exacerbado por tanto en los pueblos fronterizos, donde todo giraba en torno a la guerra. Esto siempre fue interpretado por el resto de los europeos como síntoma inequívoco de barbarie y de fanatismo, a la par que de atraso e incultura. Se forja así por tanto una leyenda negra en torno a ambas naciones, en donde normalmente se mezcla la realidad con la calumnia, creando una imagen distorsionada de la Rusia de Iván IV, llamado el Terrible, o de las actuaciones de los castellanos en Indias, por poner dos ejemplos, mientras alemanes, franceses e ingleses, sus instigadores, parecían tener reyes perfectos y guerras sin crueldad, tan europeos ellos.

sábado, 20 de febrero de 2010

HISTORIA ÉPICA DE RUSIA (I)



Mi interés por la Historia de Rusia viene ya de largo, aunque ahora que me he puesto manos a la obra, recopilando fuentes aquí y allá me he dado cuenta de varias cosas. Lo más destacable es la absoluta escasez de fuentes y de libros referidos a Rusia desde los orígenes hasta el siglo XVI, en castellano. Lo cual demuestra el absoluto desinterés por parte de los historiadores españoles hacia este periodo, y por lo tanto de la gente en general. La cosa es diferente cuando hablamos de la Rusia Moderna; los imperios de Pedro y Catalina, y por su puesto si nos referimos al orbe contemporáneo, desde Alejandro I hasta el colapso de la URSS.

¿A quien no le interesan las victorias de este pueblo sobre Napoleón?, por ejemplo, o ¿qué decir de la actuación de Stalin durante la Segunda Guerra Mundial? La verdad es que todos hemos leído novelas sobre esos temas, lo hemos estudiado en el colegio, y hemos visto cientos de películas de todas las nacionalidades posibles. Sin embargo, si hablamos del periodo medieval la cosa cambia. Nadie sabe nada sobre los Rus, sobre el surgimiento y desarrollo del estado de Kiev, o sobre el principado de Moscovia. A nadie le interesa la agónica lucha de estos eslavos fronterizos por su supervivencia, su pugna constante frente a bizantinos, europeos del oeste o musulmanes, sean persas o tártaros de la estepa, por citar solo a algunos, y su necesidad tanto de crear un estado fuerte y estable, como de expandirse más allá de sus fronteras. Crear un imperio o perecer.

Mi interés por la historia de Rusia empezó en mi infancia, a fuerza de leer libros como Miguel Strogoff y de ver películas como Taras Bulba, aunque fue en mi adolescencia cuando mi interés se acrecentó, una vez leí la novela Rusos de Edward Rutherford, que en aquel momento era lo poco en castellano que había sobre el mundo ruso medieval, y me fascinó. Cierto es que el autor anglo-irlandés dedica tres cuartas partes de su novela al mundo contemporáneo, pero los cuentos sobre el Rus de Kiev o la conquista de Kazán en tiempos de Iván IV no tienen desperdicio. A día de hoy, ya digo, puesto a recopilar fuentes para mi proyecto sobre Historia Épica de Rusia me encuentro con el problema antes comentado, y es que el ámbito contemporáneo sigue siendo el niño bonito de la Historiografía, y esto lo observamos en las publicaciones que aparecen cada mes en los escaparates de las librerías, en las nuevas apuestas hollywoodienses – Enemy At The Gates o K19 The Widowmaker por citar un par de ellas de tema ruso – e incluso en los planes de estudio de nuestro sistema educativo, en donde la Historia Antigua y Medieval se despachan de mala manera, y encima se da principalmente en los dos primeros años de la ESO, en donde los chavales no llegan a los 14, que cuando quieran ir a la universidad todo recuerdo de Historia Medieval será casi un mal sueño infantil. Además hablamos de una Historia Medieval centrada exclusivamente en occidente, que el estudio de Europa oriental no se reserva ni para la facultad, tan decepcionante, y que lo único para lo que a mí me sirvió fue para convencerme de que lo mejor era tirar por el camino de la autodidáctica.

Cierto es que estoy solo empezando a recopilar. Por lo que estoy seguro de aparecerán más monografías por los sitios más insospechados. Mayor va a ser el problema de las fuentes primarias, pues la mayoría están en ruso, idioma que ignoro, aunque algunas están traducidas por suerte al inglés. ¿Quién se encargará en España de traducir este tipo de fuentes, sean rusas, japonesas o maoríes al castellano? Porque en inglés hay de todo, pero lo que es en nuestra lengua...En cuanto a las fuentes no rusas, están las árabes y las judías, traducidas muchas también al inglés, y las sagas nórdicas, siendo estas últimas objeto absoluto de mi adoración, por informativas y jugosas, y por entretenidas.

En cuanto a las monografías y fuentes secundarias, estoy trabajando exclusivamente con libros en inglés. Por ahora con Peter Turchin, y el ex profesor de Oxford y absoluta eminencia en la materia Philip Longworth. Si hablamos de bibliografía en castellano, seguro que la habrá muy interesante, tengo fe en ello, aunque por ahora todo lo que he encontrado son vagas - y a veces incorrectas - referencias en manuales generales y monografías traducidas de autores extranjeros, ninguna posterior a 1972. Qué triste.