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martes, 14 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (VI) Los años centrales del siglo XIV o los Daniilovichi menores (1340 – 1359).






Iván I, gobernante astuto y prudente, tuvo entre sus grandes logros la creación de una dinastía, los Daniilovichi. A partir de él, sus hijos pudieron transmitir el poder de manera hereditaria a sus descendientes, el último de los cuales fue Iván el Terrible, cuyo reinado durará hasta 1584 como sabemos.

En realidad, desde los tiempos del Rus de Kiev hasta finales del siglo XVI existió una sola dinastía, los Ruríkidas, o descendientes del semilegendario Rurik, el varego que en el siglo IX llegó a tierras rusas. Sin embargo, andando el tiempo, y sobre todo a raíz de la formación de la segunda Rusia al noreste, los rukíridas se disgregaron en diferentes ramas, destacando los descendientes de Daniel Alexandrovich (hijo a su vez del héroe ruso por excelencia, Alejandro Nevski).

El hecho de que los Daniilovichi se conformaran en una dinastía, transmitiendo su poder de manera hereditaria, ofendió a las otras ramas riríkidas, que decían tener mayor legitimidad sobre el trono de Vladimir – Súzdal (que a partir de los Daniilovichi empezó a identificarse ya con el principado de Moscú). La Iglesia, que era al fin y al cabo la institución que creaba las legitimidades en aquella época, tampoco estaba al completo con los nuevos gobernantes, ya que pensaba más en la unidad de todos los rusos desde los tiempos de Kiev(y por lo tanto mantener el status quo previo) que en favorecer nuevas aventuras. Por lo tanto, la nueva dinastía tan solo tenía a los khanes para asegurar su posición.

En los años centrales del siglo XIV asistimos a los reinados de Simeón y de Iván II, hijos ambos de Iván I. Ambos príncipes se sabían carentes de la legitimidad de las otras ramas de la dinastía, lo que les llevó a interminables conflictos y disputas civiles, digamos, con los otros ruríkidas y con las ciudades cercanas, que disputaban también a Moscú, su preeminencia sobre el suelo ruso. La ciudad rival por excelencia será Tver, sin olvidar Novgorod, Vladimir, Súzdal, o Riazán. Todos por lo tanto en contra de los Daniilovichi, los príncipes moscovitas.  Tanto Simeón como Iván intentaron neutralizar esta situación con una serie de matrimonios entre las ciudades rivales y Moscú, tal como hiciera su padre Iván I, pero no dio el resultado esperado. Además la Iglesia no siempre aprobó esta política, a pesar de que la sede metropolitana estaba ahora en Moscú.

Los Daniilovichi eran a pesar de todo esto una dinastía estable, pero su fortaleza se basaba casi exclusivamente en el apoyo de los khanes. Sin embargo, la situación en el seno de la Horda de Oro no iba a ser buena por mucho tiempo. Justo al final del reinado de Iván II, en 1359, el khan Berdi Bek fue derrocado por su hermano Qulpa (que a su vez fue asesinado por otro de sus hermanos) dando comienzo a un periodo de inestabilidad política. Por si fuera poco, Iván II, tras su muerte, dejó a un heredero de tan solo 9 años, Dimitri.

domingo, 12 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (V) Pacto entre khanes y boyardos







Habíamos hablado de la forma de dominación que la Horda de Oro ejercía sobre los rusos, y que se asemejaba bastante al neocolonialismo actual. Las elites prestaban vasallaje a los tártaros y se enriquecían enormemente recaudando impuestos para ellos. Esta situación podría haberse prolongado ad infinitum, ya que los grandes nobles vivían de acuerdo a su status y la Horda les dejaba, relativamente, en paz mientras recibiera sus tributos puntualmente. Todos contentos por lo tanto, menos el pueblo claro, de quien puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que lo mismo le daba estar bajo el yugo tártaro que bajo el látigo de sus propios nobles.

En el contexto de un país que no tiene poder de decisión porque está en manos de un poder extranjero, como era el caso de los principados rusos, es cuando se hace especialmente necesario el surgimiento de líderes capaces. Obviamente ninguno de estos grandes señores estaba tan loco como para enfrentarse al khan directamente, pero de ahí a la cobardía suprema va un trecho. Leyendo las fuentes, no es difícil llegar a la conclusión de que la mayoría de los boyardos pensaban más en su propio interés que en el de la nación, y no les preocupaba lo más mínimo vender y sojuzgar a su pueblo con tal de mantener sus privilegios. Los khanes lo sabían y por ello cada vez que, digamos, aflojaban un poco la cuerda, lo hacían alimentando la codicia inagotable de estos magnates rusos. Así, como ya hemos visto, les dieron el privilegio de recaudar impuestos para el khan, entre otras cosas. Nadie parecía tener la idea romántica de librarse del todo del yugo de la Horda de Oro, aunque fuese un sacrificio inmenso, ya que los que los menos predispuestos a tales esfuerzos eran los propios nobles.

Pero en el mundo de las ideas, si hablamos de aquello que está más allá de lo tangible, es inevitable citar a la Iglesia. Si alguien podía infundir el las gentes el sentimiento de unidad, era ella. Esta institución, por supuesto, podía ser usada por los magnates para infundir en el pueblo la resignación y la apatía, sin embargo la Iglesia rusa, que había elaborado toda una teoría sobre la necesidad de mantener la pureza de la ortodoxia desde Constantinopla a Kiev y ahora a los principados del norte, y que pronto consideraría a Moscú la tercera Roma, y único enclave cristiano verdadero (no olvidemos que Constantinopla estaba a punto de caer bajo los turcos y que en Roma imperaba la corrupción más absoluta, con el cisma de Avignon a la vuelta). Esta Iglesia, digo, no iba a permitir por mucho tiempo la sumisión a los tártaros. Por ello, aquellos gobernantes moscovitas que mejores relaciones tuvieron con los patriarcas, fueron aquellos que más éxito tuvieron plantando cara a la Horda de Oro.

Uno de estos gobernantes será el príncipe moscovita Iván I (gran Príncipe de 1328 a 1340), bajo cuyo reinado, Moscú se sentirá por vez primera verdaderamente fuerte. Iván fue capaz de elevar la moral del pueblo, mantuvo siempre a la Iglesia a su lado (Moscú será ahora sede metropolitana) y sobre todo será lo suficientemente astuto como para afianzar sus dominios y establecer una poder hereditario, una verdadera dinastía, y todo ello sin ofender al khan.

BRIAN BORU (I) La figura del líder histórico













Hay tres tipos de líderes. Primero están aquellos generales, estadistas y reyes a los que la historiografía siempre ha mimado con celo. Algunos ejemplos clásicos son, como no, Alejandro, Julio César, Carlomagno o Napoleón, grandes figuras a quienes casi todo el mundo perdona sus errores, sus excesos o su crueldad. Otros personajes en cambio, gozando de las mismas virtudes y defectos, son demonizados por diferentes razones, ya sean éstas de índole política, religiosa o cultural. Ejemplos: Iván el Terrible o Felipe II, que gozan de una poco envidiable leyenda negra. El tercer tipo son aquellos que son ninguneados. Dentro de este grupo, Brian Boru destaca sobremanera.

Seguramente, y a pesar de que estamos hablando de un rey de Europa occidental, mucha gente apenas tendrá alguna idea sobre quién fue Brian Boru. No se cita en los libros de Historia de los colegios e institutos, no hay películas sobre él, ni apenas novelas. Los irlandeses vaya si lo conocen bien, y fuera de ahí (salvando quizá a algún inglés curioso) puede que los escandinavos, por aquello de que participaron en las guerras de Irlanda en torno al año mil, a parte de que su sistema educativo es magnífico, pero eso es otra historia.

Brían Boru fue un líder carismático. Si buscamos “carisma” en el diccionario, en la segunda acepción nos encontramos: Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad. En efecto, desde la Antigüedad se pensaba que el carisma era un don otorgado por los dioses a determinadas personas elegidas para ayudar a las gentes, para guiarlas y llevarlas por el camino correcto. Digamos que los dioses delegaban ese poder en un mortal, un líder. Por supuesto que estas personas cometían errores también. No en vano, la figura del “héroe”, en la antigua Grecia tenía connotaciones tanto divinas como humanas: así Ulises es frío y artero y Aquiles iracundo y orgulloso. En cuanto a los héroes del ciclo artúrico todos tienen pecados, algunos de ellos terribles, por lo que tan sólo uno de ellos, Perceval o Galahad en otras versiones, obtendrá el Grial.

Brían Boru será capaz de guiar a Irlanda, un pueblo acostumbrado a la guerra civil perpetua, a los señores de la guerra y a los ataques vikingos, hacia un periodo de paz que de haber durado lo suficiente hubiera situado a la isla entre las grandes potencias políticas y económicas del occidente medieval. Pero la vieja nobleza, los caudillos locales y señores de la guerra se opusieron a él con tenacidad, añorando el antiguo orden de cosas, el caos previo que satisfacía sus intereses personales frente al bien de la comunidad.  

jueves, 26 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (IV) Mongoles y tártaros





Los dueños de la estepa infinita. Señores del este, creadores de vastos imperios, nómadas y paganos.

Así eran en principio los enemigos naturales de los príncipes rusos. Andando el tiempo, al igual que los mongoles, y después de que Tarmerlán acabara con la influencia del cristianismo en los pueblos túrquicos, los tártaros acabaron por adaptar el islam, una religión que les dio una nueva identidad, más acorde con unos pueblos que ya no trataban de conquistar por que sí, como los mongoles en el siglo XIII, sino de afianzar lo conquistado y de crear una administración eficaz. En definitiva, querían consolidar sus imperios y hacerlos perdurar en el tiempo.

Los rusos siempre hablaron de tártaros al referirse a los pueblos de la estepa. Y aunque esta palabra daba nombre a una de las tribus mongolas que a partir de finales del siglo XII salieron de Asia a conquistar el mundo, con el tiempo acabó por designar, independientemente de su origen, raza o religión, a todo pueblo estepario al este del limes ruso.

Los mongoles podrían ser considerados como los antepasados de los tártaros, que salieron del este de Asia en diferentes tribus unidas por el famoso Chinguis Kan (Gengis Kan no es más que una mala traducción europea de un texto árabe). Chinguis era señor de las diferentes tribus de Mongolia desde 1190, aunque su expansión más allá de sus fronteras no comenzó hasta 1215, fecha de las primeras victorias contra el imperio Jin, situado al noreste de China. En 1218, los mongoles deciden entonces mirar hacia occidente, con terribles consecuencias para el mundo islámico, cuyo único rival hasta ahora estaba al oeste, y para los cristianos europeos, sobre todo para los príncipes de la primera Rusia. Afortunadamente para ellos, Chinguis muere en 1227, sin embargo el poderío mongol estaba en su apogeo, por lo que a pesar de las luchas por la sucesión, las rápidas hordas mongolas siguieron expandiéndose hacia los cuatro puntos cardinales afanosos por conquistar el mundo.

En lo que respecta a los príncipes rusos, el peor momento estaba por llegar. El área dominada por los mongoles en aquella región fue dividida en dos entidades, que son la Horda Blanca, bajo Orda Kan, y que comprende los territorios en la región sur y este del Volga, y la Horda Azul bajo otro nieto de Chingis, llamado Batu Kan, que ocuparía la región occidental y que será el responsable del asalto a Rusia y después a Europa occidental.

En efecto, Batu Kan recorrió gran parte del territorio ruso sembrando la muerte y la desolación a su paso. La propia Kiev fue saqueada sin piedad en 1240, y lo que conocemos como Rus de Kiev nunca volvió a recuperarse. Los principados rusos de este estado pasaron a ser vasallos de la Horda. Solo las ciudades norteñas como Novgorod, por la lejanía y el frío, se salvaron de la ira de los mongoles.

Los mongoles de Batu Kan, bajo el carismático general Subotai, saquearon también como sabemos buena parte de Europa central, llegando hasta Austria, sin embargo, cuando parecía que iban a plantarse en las orillas mismas del Atlántico, el Gran Kan, Ogodei, muere. Estamos en el 1241, y tanto Batu como su general Subotai han de ir a China para asistir a la elección del nuevo Kan, para lo cual habrá que esperar 5 años. Europa se había salvado in extremis. Además, ningún mongol volvió a poner sus ojos tan al oeste nunca más. La civilización feudal europea pudo por tanto proseguir su camino. Y en cuanto a Rusia, aunque herida casi de muerte, como va dicho, conservó su identidad y pudo resurgir en las regiones norteñas del principado de Kiev, en torno a ciudades como Tver, Moscú, Vladimir o Riazán.

Los sucesores de Batu Kan, que fueron su hijo Sartaq y posteriormente su hermano Berke, perdieron el interés por conquistar Europa occidental. Es decir, no veían con buenos ojos una expansión cuando a todas luces las divisiones internas dentro del imperio mongol eran más que evidentes, así prefirieron consolidar el territorio.

Durante el reinado de Sartaq, personaje con tintes legendarios, se consolida la llamada Horda de Oro, que englobaba las hordas azul y blanca. Esta Horda comprendía la parte occidental del disgregado imperio mongol, aquella que observaban los cristianos europeos de entonces desde su flanco más oriental, ocupado, como sabemos por los rusos. Los principados del viejo Rus por tanto, que al igual que los reinos hispánicos del mismo periodo, hacían de escudo y pantalla de la cristiandad frente a los bárbaros.

En cuanto a Berke, se convirtió al islám. Un hecho significativo y de vital importancia, pues después de él, todos los kanes de la Horda de Oro profesaro esta religión.

Mientras tanto Europa occidental, no volvió a sufrir ataques mongoles. Fue, paradójicamente el mundo islámico, concretamente el imperio de los abasidas quien sufre a partir de ahora su furia, que les hará llegar hasta Siria y Egipto, y arruinando como sabemos Bagdad y el imperio abásida. Estas acciones fueron llevadas a cabo por otra rama mongola que nada tenía que ver con la Horda de Oro, y que acabó fundando el llamdo ilkanato persa. Otra historia.

Mientras la Horda de Oro consolidaba su poder, y establecía su capital en la fastuosa Sarai, en el bajo Volga, el componente étnico mongol dejó de ser exclusivo, y acabó englobando a diferentes pueblos túrquicos de las estepas. La adopción del islám les dotó así mismo de una identidad diferente a la de sus hermanos de oriente, asentados en China.

El término tártaro pareció ser entonces más adecuado para designar a estos pueblos. Los tártaros de la Horda de Oro, y los reinos herederos (la Horda de Nogai, Kanatos de Kazán, de Crimea o de Astrakán entre otros) serán dueños de la estepa rusa hasta bien entrado el siglo XVI, cuando los moscovitas de Iván el Terrible comiencen lenta pero inexorablemente su expansión hacia el este, que les llevará al mar del Japón en menos de un siglo.

sábado, 21 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (III) Moscú se afianza bajo el patronazgo de la Horda de Oro








Habíamos visto los diferentes factores que hicieron que Moscú empezara a destacar sobre las otras ciudades del noroeste de Rusia: uno de ellos era el carisma de los gobernantes moscovitas, que tuvieron que hacer verdaderos equilibrios para no caer en desgracia frente a sus señores los tártaros de la Horda, imponerse sobre sus súbditos rusos de manera favorable y a la vez no perder el favor de la Iglesia Ortodoxa, que como hemos visto, dio el espaldarazo definitivo a Moscú frente a las otras ciudades rusas al trasladar allí la sede metropolitana desde la decadente Kiev.

En unos momentos en donde los tártaros no estaban en condiciones de exigir demasiado a los rusos debido a que los católicos polacos y lituanos amenazaban el flanco occidental de su imperio, fue precisamente la Iglesia Ortodoxa quien más contribuyó a dotar a la segunda Rusia (la que surgió de la ruinas de Kiev) de una identidad fuerte frente a sus enemigos herejes de occidente y sus señores infieles de oriente.

Todo comenzó con el traslado de la sede metropolitana de Kiev a Vladimir en 1299, y después a Moscú en tiempos del patriarca Pedro (1308 – 1329), a instancias de su príncipe, Iván I. En 1325 ambos acordaron la construcción de la iglesia de la Dormición (1325) en donde ambos están enterrados. Otros eclesiásticos carismáticos que confirman el buen momento de la Iglesia rusa, de lo cual Moscú se benefició enormemente, son Sergio de Rádonezh (1315 – 1392), héroe ortodoxo, renovador y fundador de monasterios (no dejéis de mirar el magnífico cuadro de Ernst Lissner que muestra a San Sergio bendiciendo a Dimitri Donskói antes de la batalla de Kulikovo), el pintor Andrei Rublev (tampoco dejéis de ver la película que hizo Andrey Tarkovsky en 1966 sobre su vida) o el misionero San Esteban (1340 – 1396).

Este periodo en el que Moscú comienza a afianzarse en el noroeste coincide con el reinado de Iván I (1325 – 1340), de quien hablaremos pronto.

Los tártaros de la Horda de Oro aún no veían a los rusos como un peligro real. Para ellos eran unos cristianos que guardaban la región noroccidental de su imperio, pagaban sus tributos puntualmente y no daban mayores problemas. Esto no quiere decir que no hubiera campañas punitivas contra los rusos de cuando en cuando, para que no se confiaran. Estas expediciones de castigo nunca asolaban la región completa, sino que afectaban a ciudades sueltas o a pequeñas zonas a elección del Kan, de este modo los rusos nunca se sentían seguros, y por lo tanto seguían colaborando. A la vez, es justo decir, que las ciudades rusas prosperaron enormemente  bajo la protección de la Horda, ya que solos nunca hubieran podido sobrevivir a la amenaza occidental, ya sean estos germanos, polacos o lituanos, católicos todos, dispuestos a eliminar la identidad rusa de la faz de la tierra, y que se basaba, como sabemos, en el cristianismo ortodoxo. Los Kanes de la Horda de Oro sin embargo (recién convertidos por estas fechas al Islam) siempre fueron tolerantes con las opciones religiosas de sus súbditos.

Una de las formas de colaboración habitual de los rusos con sus señores era la autorecaudación de impuestos para la Horda. En un principio los kanes tenían a unos recaudadores llamados baskak, funcionarios estacionados en guarniciones militares que ejercían de facto la función de gobernadores de una darugha (o pequeña entidad territorial mongola, similar a una provincia). Con el tiempo, los kanes delegaron esta función en las familias nobles rusas, que recaudaban los tributos (lo que les elevaba a la categoría de gobernadores) para la Horda de Oro. Esta circunstancia podría hacernos pensar que los tártaros habían aflojado la cuerda un tanto, concediendo más autonomía a los rusos, que prácticamente se autogobernaban. Esto no es del todo cierto, y lo que nos encontramos aquí es una forma de dominación diferente, aunque igualmente efectiva, que recuerda a las formas actuales de colonialismo moderno: las grandes corporaciones, hoy día, pactan con las elites locales de los países cuyos recursos pretenden sustraer (petroleo, oro, café etc), permitiendo la extracción indiscriminada de su riqueza, a cambio de un pingüe beneficio. Así la compañía se queda con todo, la elite local amasa a cambio una gran fortuna por vender los recursos de su país, y el resto de la población (que suele ser más del 95%) queda ajena a este proceso, y por supuesto no ve un duro. Pues bien, algo así pasaba en la Rusia de la primera mitad del siglo XIV.

Bien es cierto que hay países que siguen en esta situación de dependencia de por vida, mientras que otros pronto se sacuden el yugo colonial para iniciar su propia andadura, como sería el caso del Japón de finales del siglo XIX, por ejemplo, que pasó de colonizado a colonizador y creador de un imperio comercial en apenas unas décadas.

El caso de los principados rusos en esta época recordaría al de los países del segundo tipo. Estuvieron al lado de los kanes, pagaron sus tributos y lucharon por ellos, pero solo mientras los kanes fueron fuertes.


martes, 10 de enero de 2012

EL SURGIMIENTO DE LA CIUDAD MEDIEVAL












A raíz de la desaparición del imperio romano asistimos a un proceso de empobrecimiento paulatino que afecta al modelo social y económico que se había desarrollado en Europa en los últimos siglos. El sistema urbano no será ajeno a esta nueva situación, provocada no solo por el colapso de Roma, sino por el establecimiento de pueblos bárbaros, de economía básicamente rural, dentro de sus fronteras.

Esta ruptura con el mundo antiguo no fue, sin embargo, tan radical. Y esto lo demuestran dos elementos fundamentales que debemos tener en cuenta, y que nos acercan a la realidad de la transición hacia el Medievo.

La Iglesia no solo sobrevivirá al derrumbe del imperio, sino que será la gran beneficiada de la nueva situación, alzándose con gran parte de los poderes terrenales presentes en Europa y gozando casi de un monopolio absoluto en materia espiritual. Las antiguas ciudades romanas se convierten ahora, de la mano de la Iglesia, en sedes episcopales, mientras que muchas de las tradiciones de la Antigüedad, perduran gracias a ella.

El segundo elemento que suaviza el cambio lo encontramos en Italia, cuna de la civilización romana, y que al encarar la Edad Media, lo hará siempre teniendo en cuenta las estructuras de su rico pasado. Esta continuidad está presente también en sus ciudades, que nunca perdieron su importancia del todo, siendo gérmenes todas ellas de las ricas y populosas ciudades italianas de la Baja Edad Media.  Estas características son extrapolables, aunque en menor medida, a otras regiones romanizadas de Europa occidental, como el sur de Francia, el norte de África y buena parte de la península ibérica.

A pesar de estos dos elementos, la decadencia urbana es notable en toda Europa durante los primeros siglos del Medievo. Y con la excepción del loable y fallido intento de renacimiento carolingio, las ciudades no pasaban de ser en la mayoría de los casos centros episcopales o plazas fortificadas para refugiarse en caso de ataque.

Es a partir del siglo XI, e incluso antes, cuando los núcleos urbanos, adormecidos durante cinco siglos, empiezan a tomar poco a poco protagonismo.

La visión más clásica a este respecto es la de Henri Pirenne, que en su obra sobre las ciudades en la Edad Media, vincula el renacer urbano directamente al desarrollo comercial. Según el historiador belga, todo surge a raíz de la sedentarización de grupos de mercaderes en torno a las “civitas” episcopales, o a los antiguos “burgos” carolingios. Los comerciantes crearán prósperos barrios extramuros llamados “portus” o “nuevos burgos” en torno estas las “protociudades” altomedievales, hasta acabar, con el tiempo, formando parte de un todo más o menos homogéneo.

La visión de Pirenne es clásica, aunque está desfasada. Ya algunos de sus discípulos, como el propio Ganshof, se dieron cuenta de que vincular comercio a desarrollo urbano no es aplicable a toda Europa, sino tan solo a la región comprendida en el centro y oeste del continente (Países Bajos, Bélgica, y parte de Francia y Alemania).

Hoy se piensa que las “protociudades” altomedievales tuvieron un papel comercial nada desdeñable. Es más, muchos de los causantes del retraimiento económico del periodo, como los invasores vikingos o musulmanes, fueron, a la vez, grandes fundadores de ciudades, a la par que buenos comerciantes. Por lo tanto, el papel de los mercaderes errantes, aunque fue relevante, tuvo un impacto relativo.

Así mismo, hoy también se piensa que si el verdadero motor de la economía medieval fue la agricultura, las ciudades no fueron en, modo alguno, ajenas a esto. Así, la expansión agrícola traería consigo un crecimiento demográfico que cristalizaría en núcleos de población con formas económicas más avanzadas, por lo que muchas de las ciudades medievales las encontramos no solo en las rutas comerciales sino en las zonas agrícolas más prósperas.

viernes, 22 de julio de 2011

RUS DE KIEV O LA PRIMERA RUSIA (II) De Novgorod a Kiev






Según la Crónica de Nestor, que es un compendio de crónicas bizantinas, nórdicas y leyendas varias, escrita en el siglo XII, los habitantes de la región de Novgorod y Ladoga, al este del Báltico, pidieron ayuda a los Rus, un grupo de varegos o vikingos que merodeaba por la zona para que mediaran en las disputas que tenían entre ellos. Es de creer que alguna de las facciones en conflicto quisiera aprovechar la fortaleza militar de los Rus para hacerse con el poder en la zona, pero, como suele ser habitual, los recién llegados, viendo la debilidad de sus anfitriones, se hicieran con el control de tan rica y vasta región. Ejemplos como estos sobran en la Historia siempre con idéntico resultado, así los vitizianos llamaron a los musulmanes de Tarik para ayudarles contra Rodrigo, y los norteafricanos acabaron por conquistar Hispania. De parecida manera llegaron (leyenda o no) los anglosajones a Britania, los normandos a Irlanda o los almorávides a las taifas hispanas, siempre invitados desde dentro. La Crónica de Nestor no entra en detalles sobre este particular, pero el caso es que los vikingos también fueron invitados. En principio los Rus parece ser que habían sometido a tributo a estas tribus eslavas y finesas, por lo que éstas acabaron por echarles al mar. Sin embargo, ante la inestabilidad política y las luchas tribales, en donde nadie parecía ponerse de acuerdo, los nativos decidieron invitar de nuevo a los escandinavos para que mediaran en sus disputas ejerciendo de jueces, es decir, para que les gobernaran. Así fue, y los vikingos se adueñaron del país fundando una serie de señoríos, más o menos afortunados, uno de los cuales daría lugar al Principado de Novgorod.


Algunos autores afirman que este estado fue esencialmente una empresa comercial que surgió de las necesidades mutuas de las gentes de Novgorod y de una banda de vikingos en busca de trabajo. La región ofrecía grandes expectativas comerciales debido a su lugar estratégico, ya que mediante los ríos, las grandes arterias de Rusia, estaban en contacto con el Báltico y el Mediterráneo, el mar Blanco y el Caspio, y por lo tanto en plena ruta comercial con Escandinavia, Bizancio y el mundo musulmán, y además en una región cuya riqueza en materias primas no tenía límite - pieles, ámbar, miel, cera o esclavos -. Lo único que se necesitaba era seguridad en las rutas frente a bandidos y salteadores, y aquí es donde entraban los vikingos.


La figura que acaudillaba a estos varegos es cierto Rurik. La única referencia que tenemos de él es la ya mencionada Crónica de Nestor, por lo que bien pudiera tratarse de un personaje legendario, a pesar de que muchos autores lo identifican con Rurik de Dorestad, un jefe danés con larga experiencia como saqueador en Europa occidental y las islas británicas. Hasta ahora ninguna evidencia histórica nos hace pensar en que sean el mismo personaje y, de serlo, tampoco sabemos por qué recaló de pronto en el Báltico oriental, tan alejado de los intereses que él y su familia tenían en el Atlántico.


El caso es que a partir de la llegada de los rus y la creación de Novgorod, se fundó una dinastía, llamada rúrikida, que regirá los destinos del Principado de Kiev y luego de Moscú - primera y segunda rusias - hasta finales del siglo XVI, cuando serán relevados por los Romanov.


De lo que no hay duda es que, a partir de la llegada de los rus en el 856, apreciamos cierta unidad de actuación en la zona. Los varegos se conformaron en una casta guerrera que dotó de gran dinamismo a la región, que veía expandir sus intereses a la par que los drakkars surcaban los ríos rusos. Así pronto unificaron todo el área septentrional bajo un mismo poder político – haciendo al fin y al cabo lo que la población local les había pedido – y pronto estuvieron en condiciones no solo de comerciar con otros pueblos, sino de rivalizar con ellos a nivel militar. Uno de estos pueblos eran los poderosos Jázaros, un pueblo búlgaro - túrquico de las estepas de la región comprendida entre el Don y el Volga, al norte del Cáucaso, que eran además tradicionales aliados de los bizantinos. La primera toma de fuerza entre rusos y jázaros tendrá lugar tan solo dos años después - lo que da idea del rápido desarrollo de Novgorod como fuerza a tener en cuenta -. En efecto, en el 858, los jefes rus Askold y Dir conquistan el estratégico enclave de Kiev, que si bien no pertenecía a los jázaros sí les pagaba tributo, para en el año 860 lanzarse sobre la misma Constantinopla. Un libro escrito por el erudito emperador Constantino VII algunas décadas después, habla de la llegada de 200 barcos y 8.000 hombres a las puertas de la capital bizantina. Aunque acabaron chocándose contra las murallas y la expedición fue un fracaso, este hecho nos da una idea del enorme desarrollo experimentado en unos pocos años por parte del principado de Novgorod, hasta el punto de constituir un elemento desestabilizador en la región del mar Negro.


A pesar de estos avances, un estado no se crea de la noche a la mañana, y solo la labor concienzuda de príncipes más o menos carismáticos logrará la consolidación de esta reciente entidad política. Uno de estos príncipes fue Oleg, llamado el Sabio, y una de las primeras acciones de su largo reinado (879 – 912) fue la conquista de Kiev. Recordemos que la ciudad ya se encontraba en manos varegas desde el 858, lo cual nos informa posiblemente de la existencia de discrepancias también en el seno de los rus, y de que el nuevo estado estaba aún en una fase amateur, digamos, a falta de algunas décadas para madurar definitivamente y alcanzar su esplendor definitivo, en torno al año 1000. Prácticamente nada se sabe de esta discrepancia interna, aunque seguramente Bizancio, tan cerca ya de Kiev, no fue ajeno a este hecho, quizá alentando la independencia de los varegos kievanos frente a los del norte. Se ha llegado también a sugerir que la expansión del cristianismo entre los gobernantes varegos de Kiev, merced a misioneros bizantinos, pudo provocar la reacción de los rus norteños, aún paganos, y por lo tanto la conquista de la ciudad a manos de Oleg el Sabio en el 882.


Sea como fuere, y conocedor de las posibilidades comerciales que ofrecía la rica Kiev, así como por su posición estratégica envidiable, Oleg hizo de ella su capital, unificando a la vez el norte y el sur bajo su dominio.

jueves, 21 de julio de 2011

RUS DE KIEV O LA PRIMERA RUSIA (I) Cuestiones terminológicas: varegos y rus










Como en todas las grandes invasiones que sufrió Europa desde que Roma dejó de existir como imperio, los recién llegados buscaron tierras principalmente. Es cierto que en principio eran grupos belicosos que asolaban las fronteras de los países más ricos y civilizados, pero con el tiempo se acabaron instalando en una región determinada para fundar sus propios estados. Así francos, lombardos o anglosajones aún a día de hoy perviven en cierto modo gracias a los nombres que dejaron a diferentes regiones y países europeos. En el caso de las llamadas Segundas Invasiones, que acontecieron varios siglos después, las aspiraciones de los bárbaros no eran muy diferentes. Incluso un pueblo tradicionalmente nómada como los magiares acabó por asentarse en Panonia para integrarse en el orbe cristiano feudal europeo. Los vikingos, los otros grandes bárbaros del momento, tampoco fueron ajenos a este proceso, siendo además su proyección territorial mucho mayor y dando lugar a estados cristianos diferentes que, en torno al año 1000, iban desde Islanda hasta el Volga, y desde Escandinavia a Sicilia.

Tradicionalmente se asocia a los vikingos suecos la llegada a tierras del Báltico oriental para dar lugar, andando el tiempo, a la formación del estado que conocemos como Rus de Kiev o primera Rusia. Estos suecos son conocidos como Varegos en muchas de las fuentes primarias que manejamos para este periodo, como la Crónica de Nestor (eslava) entre otras. De todas formas hay mucha controversia sobre este término, ya que muchas veces Varego se usaba para designar a cualquier navegante, nórdico (germano) o eslavo, que surcara las tierras de los grandes ríos entre el Mar Báltico y el mar Negro y el Caspio, y comúnmente se les identificaba como piratas y comerciantes. En general podemos decir que era una acepción oriental y asiática para hablar de los pueblos del norte.

La palabra Rus sin embargo sí tiene una definición más concreta, y parece hacer referencia al grupo de nórdicos que se instalaron al este del Báltico procedentes de Escandinavia para de ahí moverse a placer por los ríos rusos. Estos Rus saquearon y comerciaron por un amplio territorio, figurando por tanto no solo en las fuentes eslavas, sino también bizantinas, judías y musulmanas.











viernes, 13 de agosto de 2010

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (II) El ascenso de Moscú





 
Habíamos visto como los príncipes rusos prestaban vasallaje a los poderosos tártaros de la Horda de Oro. A ojos del Khan, estas entidades políticas rusas conformaban la región noroccidental de su imperio, que formaban una especie de unidad conocida como Gran Principado de Vladimir – una ciudad a unos cientos de kilómetros al este de Moscú -. En realidad, y a pesar de la supremacía del Gran Príncipe de Vladimir, los diferentes nobles y boyardos de las distintas ciudades luchaban todos contra todos por la supremacía en esta región, lo cual, por supuesto, favorecía a los intereses de la Horda, pues mientras estuvieran divididos, nunca podrían encuadrar una acción militar contra ellos.

A pesar de su situación subordinada, durante la primera mitad del siglo XIV, y a medida que la vieja Kiev decaía irremediablemente, el Gran Principado de Vladimir experimentó cierto apogeo económico. Ser súbditos de los tártaros de Sarai, la capital de la Horda, establecida en el bajo Volga, permitía a los boyardos amasar grandes fortunas merced a los contactos comerciales que obtenían, y que iban desde el Mediterráneo oriental y la península arábiga a la lejana China. Grandes mercados todos ellos para colocar sus pieles y otros productos. Esta región, además, estaba situada en la línea de los grandes ríos rusos, auténticas arterias que articulan todo el territorio, en donde destaca el Volga, y que dotan a la región de una inmejorable riqueza agrícola, motivo por el cual pronto empezaron a llegar inmigrantes de la primera Rusia, de Kiev, hacia la segunda y más poderosa del Principado de Vladimir, en donde, a parte de su capital, pronto brotaron otras prósperas ciudades, y en donde andando el tiempo tomarán especial protagonismo Nizhnii Novgorod, Tver y Moscú.

Fueron precisamente las ciudades de Tver y Moscú las que más encarnizadamente lucharon por adquirir la supremacía dentro del Gran Principado, siempre bajo la supervisión de los Khanes, que elegían príncipes indistintamente, fueran de una u otra ciudad, y no por favoritismos concretos, sino a fin de mantener divididos a los rusos. Pero fue Moscú la que se llevó el gato al agua en su pugna por la hegemonía, como consecuencia de varios factores: el primero de ellos tiene que ver con el carisma de sus gobernantes, que si bien mantenían una actitud servil hacia los tártaros, por la cuenta que les tenía, eran a la vez astutos y aprovechaban la menor oportunidad para afianzar los intereses de Moscú - que luego serían los intereses de Rusia -. En este momento destaca la figura del moscovita Iván Danilovich, que tras una encarnizada lucha con Tver, la ciudad rival, será elegido Gran Príncipe de Vladimir. Este personaje, que la Historia conocerá como Iván I, destacó por una administración muy eficaz, que convertirá a Moscú en el centro de la política rusa.

A este factor debemos unir la repentina, digamos, necesidad de los Khanes, de un poder fuerte en Rusia. Ya no querían aplicar la premisa “divide y vencerás”, ¿la razón?, el surgimiento de un nuevo y poderoso enemigo al oeste, Lituania, que no ocultaba sus ansias expansionistas a costa de Rusia – y por lo tanto de la zona noroccidental del imperio de la Horda de Oro -.

El tercer factor que ayuda al ascenso moscovita tuvo que ver con la Iglesia Ortodoxa. La sede metropolitana de la Iglesia de Rusia aún se encontraba en Kiev a principios del siglo XIV. Sin embargo la decadencia de la ciudad del Dnieper era más que evidente en estos momentos, sobre todo si la comparamos con las prosperas urbes del noroeste. La Iglesia Ortodoxa rusa estaba supeditada al patriarca de Constantinopla, con parecidas funciones que las del papa para el mundo católico. Fue este patriarca quien propuso a cierto Pedro para ocupar el puesto de metropolitano de Kiev, con similares cometidos a los de un arzobispo católico podríamos decir, sin embargo la ciudad de Tver tenía otro candidato, llamado Mijail de Tver. Pedro será quien logre acceder al puesto de metropolitano al final, con ayuda moscovita, lo cual conlleva además, que la sede metropolitana pase de Kiev a la propia Moscú, que no solo triunfa sobre la ciudad rival, sino que adquiere preeminencia definitiva sobre toda Rusia.

martes, 10 de agosto de 2010

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (I) La Horda de Oro y los principados rusos.


A sabiendas de que la Historia de Rusia no es demasiado conocida en España, y más si hablamos del periodo medieval, me gustaría describir, si acaso someramente, los acontecimientos que abarcan la segunda mitad del siglo XIV, que tuvieron vital importancia en la Historia de los pueblos fronterizos del Este, es decir de aquellos que vivían entre Europa y Asia, entre el cristianismo y el Islam o entre los vergeles de occidente y la estepa infinita.

Rusia tuvo dos momentos y ubicaciones geográficas. Primero destaca lo que se conoce como Rus de Kiev, surgido en el siglo IX, que expandirá su influencia desde el Dnieper y el mar Negro hasta el golfo de Finlandia, y que sucumbirá en el siglo XIII ante las invasiones mongolas.

Después aparece la segunda Rusia, al norte, formada por diferentes principados que con el tiempo irán adquiriendo mayor autonomía respecto a Kiev que nunca fue la misma tras la devastación que sufrió a manos de Gengis Khan y los suyos. Todos estos principados norteños tenían una serie de características afines, como eran una cultura, lengua y religión comunes, heredadas de la primera Rusia.

La situación de estos principados no era fácil, pues tenían que ingeniárselas para sobrevivir en un clima adverso, ya que los mongoles eran dueños y señores de esta región fronteriza entre Europa y Asia que luego conoceremos como Rusia. Así estas pequeñas entidades políticas normalmente estaban sujetas al pago de tributos a los diferentes Khanes, que aplicaban la política de divide y vencerás.

Antes de continuar, debemos decir que el gran imperio mongol de Gengis Khan se había dividido entre sus diferentes hijos a su muerte, y que la entidad política mongola a la que los rusos debían rendir cuentas era la llamada Horda de Oro, fundada por Batu Khan, hijo de Gengis, a mediados del siglo XIII en torno a Sarai, una fastuosa ciudad que mandó construir en curso bajo del Volga.

Con el paso del tiempo, los habitantes de la Horda de Oro, así como de otros estados herederos de los mongoles, al adquirir contacto con los pueblos túrquicos de las estepas, y con otras poblaciones locales, perdieron, de alguna manera su carácter étnico puro exclusivamente mongoloide, y empezaron a ser conocidos como Tártaros, una palabra que puede considerarse una especie de cajón desastre pero que, en general, designa a los pueblos de la estepa, independientemente del grado de organización política que posean.
Así pues, Rusos y Tártaros. Comienza ahora uno de los episodios más apasionantes de la Historia, que llevará, andando el tiempo a la conquista europea de Siberia, y a la creación del imperio más extenso y duradero de todos los tiempos, el ruso.

En este momento, mediados del siglo XIV, con la Horda de Oro en su apogeo, los principados rusos se limitaban, como va dicho, a pagar tributos para poder sobrevivir. Los Khanes normalmente exigían de estos príncipes que reconocieran su soberanía y que recaudaran los impuestos entre su propio pueblo. Para que esto se cumpliera, había guarniciones militares de la Horda en las principales ciudades rusas, bajo los baskaki o agentes administrativos tártaros.

Estos principados, además de guardarse de la Horda, debían hacer lo propio con sus enemigos polaco – lituanos, la potencia católica que amenazaba su flanco occidental.
Así los rusos de mediados del siglo XIV eran un conjunto de entidades políticas heterogéneas, entre las que destacaban las ciudadexs de Vladimir, Rostov o Iaroslav, así como Tver o Nizhnii Novgorod, sin embargo, en este momento, merced a la pericia y buen hacer de sus gobernantes, y a sus vínculos con la Iglesia Ortodoxa - aún con sede en la vieja Kiev - empieza a ganar preponderancia un principado, que pronto será incluso capaz de plantar cara a los todopoderosos tártaros, se trata de Moscú.

viernes, 23 de julio de 2010

LA INVASIÓN DE IRLANDA POR LOS NORMANDOS (VI) Dermot Mac Morrough recupera el trono


No sabemos si Dermot mac Morrough tendría intención de cumplir lo pactado con Rory O´Connor. El caso es que parte de sus fuerzas normandas vuelven a Inglaterra, concretamente las lideradas por Maurice de Prendergast, recordemos, el flamenco hombre de confianza de Richard de Clare - Strongbow. Sin embargo no solo el otro grupo de cambro – Normandos, bajo Robert fitz Stephen, permanece junto a Dermot, sino que a muy pronto llega a Wexford una nueva remesa, bajo Maurice fitz Gerarld, con 10 caballeros, 30 hombres de armas y unos 100 arqueros e infantes. Por lo tanto, el reestablecido rey de Leinster, contaba de nuevo con una considerable fuerza en sus manos, de la cual decide hacer uso sin más dilación, atacando Dublín a principios de 1170, y tomando la ciudad. 

Recordemos que Dublín, aunque estaba dentro del reino - provincia de Leinster, era de facto independiente, al igual que los otros puertos fundados por los vikingos en el siglo IX. Dublín era en aquel momento un conglomerado de población gaélico – escandinava, además del mayor centro comercial de Irlanda, por lo que siempre fue codiciado por todo señor de la guerra irlandés que se sintiera minimamente fuerte, fuera o no de Leinster.

Imaginamos a Dermot mac Morrough un hombre ambicioso, que no contento con recuperar el trono de Leinster y con ser señor de una de las ciudades más ricas de las islas británicas, decide solicitar de nuevo más ayuda normanda. Y la consigue sin problema. Así en agosto de 1170 llega a la bahía de Baginbun (al sur de la isla, entre las ciudades gaélico – vikingas de Waterford y Wexford , esta última ahora bajo poder normando), una remesa de 10 caballeros, 30 hombres de armas y unos 100 arqueros e infantes, bajo el gran hombre de confianza de Strongbow y genio militar, Raimond le Gros, a cuyas hazañas y victorias dedicaremos la siguiente entrada de este blog.

Dermoth mac Morrough se había convertido en el hombre más poderoso de la isla, por así lo último que le quedaba por conseguir era el trono de Tara, o lo que es lo mismo, convertirse en ard rí, o rey supremo, derrocando a su enemigo Rory O´Connor. Y la ocasión se presentó cuando este último atacó la ciudad - reino de Límerick, otro de los enclaves céltico – vikingos, cuyo rey era cierto Donald O´Brien, a la sazón yerno de Dermot. Así mandó parte de su ejército a socorrer Límerick, mientras esperaba la llegada de Strongbow en persona, que desembarca cerca de Waterford en agosto de 1170, con 200 caballeros y otros 1000 hombres más, entre hombres de armas, arqueros e infantes, a quienes se unirán días después las tropas de Raimond le Gros. El siguiente objetivo sería la ciudad de Waterford, que toman al asalto, y Dublín de nuevo, cuyo rey, mac Tokil, intentará sin éxito sacudirse el yugo normando.
Leinster es ya patrimonio absoluto de los señores normandos, y el resto de Irlanda parece a la defensiva, sin que ninguno de sus reyes sea capaz de ofrecer una respuesta efectiva frente a los invasores. Mientras, Dermot mac Morrough, parece satisfecho con el poder adquirido, y con la posibilidad de convertirse en rey supremo. Las bodas entre su hija Aoife y el caudillo Strongbow, Richard de Clare, se celebraron en Waterford ese mismo año de 1170. Por primera vez en la historia, un extranjero se convertía en heredero directo de un reino irlandés.

lunes, 19 de julio de 2010

LA INVASIÓN DE IRLANDA POR LOS NORMANDOS (IV) Querellas internas entre los reyes de Irlanda.


Sabemos por la Historia que muchas de las invasiones que sufren los diferentes reinos o naciones tienen su origen en disputas internas que acaban provocando la entrada de un tercer elemento en discordia, alguien extranjero que se pone de parte de alguna de las dos facciones, y que normalmente busca el beneficio propio.
El Rey Supremo de Irlanda, elegido en la colina de Tara desde el principio de los tiempos, era en aquel entonces cierto Rory O´Connor, que era además rey de Connacht. Dentro de este reino había otro de menor entidad llamado Breifne, en donde ocupaba el trono Tiernan O´Rourke. Ambos eran aliados en los acontecimientos que describiremos a continuación. El reino más poderoso de la isla era Leinster, que incluía Dublin y otras ciudades fundadas por los vikingos siglos atrás. Leinster tradicionalmente había venido manteniendo relaciones hostiles con el resto de Irlanda, que siempre fue más fiel a las tradiciones gaélicas, ya desde los tiempos de las primeras incursiones escandinavas. Esta rivalidad volverá a repetirse en la figura de Dermot mac Morrough, enemigo acérrimo del ard rí y del rey de Breifne. El casus belli del enfrentamiento entre ambas facciones fue el secuestro de la mujer de Tiernan O´Rourke por parte de Dermot. Un rapto, por otra parte, parece ser que consentido. En todo caso Dergovilla, que así se llamaba ella, es mencionada en las fuentes como la Helena de Irlanda. Sea como fuere, la guerra estalló en torno al 1155.

Estos acontecimientos no eran nada raros en Irlanda. La guerra entre diferentes reinos y facciones era prácticamente la única forma que las elites tenían de hacer política. Incluso la figura del ard rí, o Rey Supremo, era más bien decorativa, un fetiche de otros tiempos. Unos tiempos, sin embargo, que podían haber sido diferentes. Desde el siglo IX, con los primeros asentamientos nórdicos estables y la fundación de los primeros reinos vikingos en Irlanda, emergen figuras que ofrecen nuevas miras al permanente estado de guerra tribal. Aquí podemos destacar a Malachi I, muerto en el 862, Niall Glundub, “rodilla negra” o su hijo Muirchertach mac Neill, “el de las capas de cuero” también llamado el “Héctor del mundo occidental”, muerto a mediados del siglo X. Aunque fue Brian Boru, el que más destacó a este respecto, pero su muerte y la de sus herederos en la batalla de Clontarf (1013) truncó la esperanza de una Irlanda unida bajo un solo rey. Desde entonces nunca más volvieron a repetirse intentos de unificación política, y era cuestión de tiempo que llegaran nuevos invasores. Una isla inmersa en un sin fin de luchas entre clanes y reinos era un plato demasiado tentador para unos normandos hambrientos de tierra.

Dermot mac Morrough, despechado por sus asuntos conyugales, y presionado por sus enemigos O´Rourke y Rory O´Connor decide pedir ayuda a los ingleses. Así en el 1166 cruza el mar y expresa allí su deseo de recuperar el trono de Leinster. El rey inglés, Enrique II, estaba en aquellos momentos ocupado con sus asuntos en Francia, y no quería abrir un nuevo frente, esta vez en Irlanda. Además su situación en Inglaterra tampoco era muy estable debido a la actitud arrogante, digamos, de muchos de sus nobles. Sin embargo Enrique no era el rey más fuerte de Europa por casualidad, y pronto llegó a la conclusión de que guerrear contra los irlandeses sería una estupenda forma de mantener ocupados a sus nobles, así como de expandir aún más sus dominios. Aún a riesgo de que sus magnates normandos pudieran hacerse demasiado poderosos - como luego sucedió – merecía la pena intentarlo. Fue por ello el inicio de la invasión de Irlanda por los normandos una empresa estrictamente privada, que contaba, eso sí, con la licencia del rey, y también con el beneplácito del papa, deseoso de reformar la Iglesia irlandesa. Así Enrique II dio permiso a Dermot mac Morrough para que reclutara gente entre sus nobles. Y el irlandés habló con un conde normando llamado Richard de Clare, al que prometió, si le ayudaba, la sucesión al trono de Leinster y la mano de su hija, la bella Aoife.

jueves, 15 de julio de 2010

LA INVASIÓN DE IRLANDA POR LOS NORMANDOS (III) Irlanda no es Inglaterra


Una vez vista la derrota de las fuerzas sajonas a manos de los invasores normandos en Inglaterra, es fácil imaginar que ocurriera algo parecido en Irlanda, es decir: una elite guerrera, menos numerosa pero con una tecnología militar superior, invade la isla y coloca en el trono a uno de los suyos, estableciendo una forma de gobierno oligárquico, digamos, en donde la minoría anglo - normanda domina sobre el conglomerado nativo previo. Esto es lo que ocurrió en Inglaterra, pero en Irlanda la historia fue muy diferente.

En la Gran Bretaña, dominada hasta la batalla de Hastings de 1066 por la nobleza germánica anglosajona y escandinava, el poder estaba centralizado en la figura del rey, el último de los cuales fue Harold Godwison, como sabemos. Así cuando los normandos entraron victoriosos en la isla, tan solo tuvieron que colocar a su jefe, Guillermo, en el trono, ahora vacante, para que se consumara la conquista. La coacción, y la eficaz administración de tipo clientelar y feudal que trajeron los recién llegados, haría el resto.

En efecto, tanto Guillermo como sus sucesores, impusieron las instituciones feudo – vasalláticas de una manera paulatina, mientras reafirmaban en la medida de lo posible el poder de la monarquía e intentaban ejercer el control sobre el clero.

En tiempos de la conquista de Irlanda, reinaba en Inglaterra el normando Enrique II Plantagenet (1154 – 1189), uno de los monarcas más poderosos de su tiempo, y que era además duque de Anjou, duque de Normandía y esposo de Leonor de Aquitania, lo que le convertía así mismo en señor de aquel territorio. Enrique llegó al trono tras un turbulento periodo de guerras civiles que fortalecieron el poder de los nobles, por lo que hubo de reforzar el poder monárquico de varias maneras, siendo una de ellas la de invitar a sus levantiscos nobles a que participaran en empresas bélicas externas, para quitárselos de encima, a la vez que consolidaba su dominio sobre regiones tales como Escocia, Gales o Irlanda.

Este modelo de conquista que acabamos de ver, no puede aplicarse al mundo gaélico de ninguna de las maneras. Como en el ajedrez, ahora no basta con derrocar al rey enemigo para ganar la partida, como había ocurrido en Inglaterra, ya que en Irlanda había varios, cientos en realidad, lo cual si bien puede favorecer el inicio de la conquista aplicando el divide y vencerás, a la larga siempre acaba convirtiéndose en una tediosa guerra de desgaste, en donde el invasor, a pesar de su superioridad técnica, siempre acaba perdiendo, de un modo u otro, la guerra. Esto fue exactamente lo que ocurrió con la primera gran conquista que sufrió Irlanda en tiempos históricos, la vikinga, en donde los nórdicos, muy superiores técnicamente, fueron incapaces de imponerse - como sí hicieron en Inglaterra -, siendo asimilados irremediablemente por la cultura céltico cristiana.

Con los normandos, volverán a reproducirse parecidos esquemas. Un ejército invasor, mejor pertrechado y tecnológicamente más avanzado, llega a una Irlanda que desde el principio de los tiempos vive en un mar de luchas civiles. Se producen pactos y alianzas con las diferentes facciones de los reyes locales, y los extranjeros entran en el juego. La asimilación comienza, aunque ahora los invasores ya no son paganos venidos del frío norte, sino Franco – Normandos empapados de las nuevas corrientes feudales. Gentes perfectamente cristianizadas que contaban además con el beneplácito del papa, y que para colmo eran vasallos del rey de Inglaterra, el más poderoso de Europa.

¿Cómo reaccionarán los irlandeses?

jueves, 15 de abril de 2010

LA INVASIÓN DE IRLANDA POR LOS NORMANDOS (II) Notas sobre la conquista Normanda de Inglaterra



 


Antes de entrar de lleno con la invasión normanda de Irlanda es necesario que sepamos algunas cosas sobre la Inglaterra del momento, que en su día también sufrió una invasión por parte de los franco – normandos, a la que siguió un proceso de conquista y dominación. Este hecho apartó del poder a las elites sajonas y escandinavas que hasta el momento lo acaparaban, mientras se agrega un nuevo sustrato al ya de por sí complejo entramado étnico de la isla, en la cual a los componentes célticos, anglosajones y vikingos se suma ahora el de los descendientes de éstos últimos, que se habían cristianizado, feudalizado y hecho vasallos de los reyes de Francia, adoptando un modelo político y económico mucho más desarrollado que el inglés.

Hasta el año 1035 reinó en Inglaterra el danés Canuto, llamado el Grande, y que fue monarca de las coronas inglesa y danesa, lo cual nos da una muestra de la influencia que los escandinavos tenían en las islas británicas desde las invasiones vikingas. A su muerte heredaron el trono sucesivamente dos de sus hijos, el último de los cuales, llamado Canuto el Duro, teniendo al pueblo y a parte de la nobleza al borde de la rebelión, decide llamar a su medio hermano Eduardo, que estaba exiliado en Normandía, para que gobernara Inglaterra.

El reinado de Eduardo, llamado el Confesor, comienza en el año 1041, oficialmente como corregente de Inglaterra, junto a su medio hermano, aunque ejerciendo todo el poder de facto. Su gobierno fue tremendamente impopular, principalmente por su predisposición a elegir miembros de la nobleza normanda, que había traído de su exilio, para desempeñar altos cargos en la administración inglesa, discriminando a los aristócratas sajones y daneses. A pesar de ello quiso entroncar con la nobleza local, y así lo hizo, casándose en 1045 con Edith de Wessex, hija del conde sajón más poderoso de la isla, y descendiente de Styrbjörn Starke, el gran héroe de las sagas nórdicas. A pesar de esta unión, las disputas con la nobleza sajona fueron constantes.


Además Eduardo no tuvo ningún hijo, es más se decía que no llegó ni tan siquiera a consumar su matrimonio, lo cual estropeó aún más sus maltrechas relaciones que mantenía con los magnates del reino. Muerto Eduardo en enero del 1066 se abría un problema sucesorio que se saldó con la elección de Harold Godwison (a quien vemos en la ilustración, tal como se le representa en el tapiz de Bayeux), su cuñado y hermano de la reina Edith, que era en aquel tiempo no solo el hombre más poderoso de Inglaterra después del rey, sino un gran militar, como había demostrado en sus luchas contra los últimos reductos celtas en Gales, y como demostraría en breve, ya como rey, frenando la invasión noruega del rey Harald III, que aspiraba al trono inglés, derrotándolo en la batalla de Stamford Bridge, en septiembre del 1066, y de la cual, el erudito Islandés Snorru Sturlusson, nos ofrece una interesante crónica.
En octubre de ese año tendría que combatir a otro de los candidatos al trono inglés, Guillermo de Normandía, primo de Eduardo.

Las monarquías germánicas en aquel tiempo solían ser electivas, lo cual provocaba muchas veces gran inestabilidad a la hora de cambiar de monarca. En el caso de la España visigoda, por ejemplo, podríamos decir que se accedía al trono mediante el recurso al asesinato y a guerra civil, algo no muy diferente a la situación que en Inglaterra se vivía en estos años. Así eliminado el peligro de Harald III, Harold de Wessex debía de pasar una última prueba antes de asentarse cómodamente en el trono inglés.

Al igual que Harald el noruego, Guillermo el normando había planeado una invasión de Inglaterra en toda regla, contando con unos 3000 caballeros, mientras que los sajones al igual que los vikingos, apenas contaban con caballería, y mucho menos acorazada, y unos 5000 soldados de infantería. Harold de Wessex contaría con unos 6000 soldados de infantería, formada a base de levas campesinas (fyrd), no por ello menos poderosas por lo habituados que estaban a la guerra, y 2500 huscarles, o tropas de elite que conformaban la guardia personal de los reyes vikingos y anglosajones. Los sajones habían escogido un terreno en el campo muy favorable, ya que obligaba a los normandos a luchar cuesta arriba, lo cual demuestra una vez más la capacidad como general que tenía Harold de Wessex. Sin embargo los normandos nada tenían que ver con los vikingos derrotados en Stamford Brigde, ya que contaban con dos elementos muy favorables, que al final decidirán el destino de la batalla. Uno de ellos era la caballería pesada, y el otro los arqueros.

La batalla, que aconteció en Hastings en octubre del 1066, fue larga y complicada. Los sajones empezaron llevando las de ganar, en base al buen uso del ya tradicional muro de escudos germánico, muy útil frente a las cargas de caballería. Mas pronto la contienda se decidió del lado de los invasores, debido a una serie de errores tácticos que fueron muy bien aprovechados por Guillermo y los suyos. El propio Harold de Wessex murió en batalla. La leyenda cuenta que su cuerpo quedó literalmente destrozado tras el feroz combate, por lo que hubo serios problemas para identificarlo. Fue una de sus esposas, la bellísima Edith Cuello de Cisne, también llamada Edith la Bella, quien lo identificó, para poder así ser enterrado con honores de rey, en la abadía de Waltham, por sus leales nobles sajones.

domingo, 11 de abril de 2010

INVASIÓN DE IRLANDA POR LOS NORMANDOS (I) Antecedentes


Tras el intento de unificación política de la isla por parte de Brían Boru, el gran rey supremo de Irlanda, o también llamado emperador de los irlandeses, entre los siglos X y XI, y concretamente tras la batalla de Clontarf, del año 1014, la situación de la isla vuelve al status quo anterior, dominado por la inestabilidad política y la guerra como modus vivendi de los diferentes reyes y caudillos.

La isla de Irlanda había estado aislada del resto de Europa y de Britania cuando se vivían allí episodios de crucial importancia histórica. 
Así había permanecido al margen de Roma y de las invasiones bárbaras, mientras sus vecinos britanos recibían el aporte de la romanización en su zona sur, antes de ser invadidos por los sajones y otros pueblos germanos en torno a los siglos V y VI. Irlanda sin embargo vivía en un mundo casi mitológico en donde la guerra era vista poco menos que como un deporte que practicaban sus distintos reyes. Era, digamos, su forma de hacer política, mientras el Cristianismo, que penetrará en torno al siglo V, dio legitimidad, de alguna manera, a unas costumbres ancestrales muy arraigadas y que tenían en la fragmentación política y en la inestabilidad su principal característica.

Existía una figura conocida como rey supremo (árd rí) que daba una apariencia de unidad al caos político irlandés, ya que supuestamente ejercía cierta influencia sobre los reyes de las diferentes provincias y reinos menores. Sin embargo esta figura no era más que un elemento decorativo, y ningún árd rí ejerció jamás un poder real sobre toda la isla, salvo excepciones, como el ya mencionado Brían Boru, héroe del folclore irlandés, y cuya vida fue una lucha constante por imponer su poder sobre el resto de los reyes por un lado, mientras por otro debía hacer frente a la invasión de los vikingos noruegos y daneses, que habían fundado ya ciudades y reinos en Irlanda, como Dublín o Límerick.

El sueño del rey Brían por tanto duró lo mismo que su reinado, que termina en el 1014, pues muere en batalla frente a una coalición gaélico – vikinga encabezada por Leinster y el rey de Dublín, Sytric Barba de Seda. Se vuelve por tanto a la situación previa, y el nuevo rey supremo, su viejo enemigo y aliado ocasional Malachi Mór, ya no tendrá planes hegemónicos sobre Irlanda ni querrá convertir a ésta en un reino fuerte y unificado, sino que volverá al viejo sistema de guerra de todos contra todos.

Con esta situación tan inestable, no es extraño que todas las invasiones que ha sufrido Irlanda hayan cuajado, por así decirlo, ya que nunca ha existido un poder centralizado para hacerlas frente. Sin embargo los pueblos invasores acaban, tarde o temprano, entrando en el juego de la guerra constante y de la rivalidad entre reinos, provincias y clanes, hasta terminar, de alguna manera, gaelizándose, lo cual incluye también adoptar su lengua, casarse con mujeres locales y abrazar la forma de Cristianismo tan peculiar que se profesaba en la isla.

A salvo de la primera oleada de invasiones, que como sabemos terminó con el establecimiento de una serie de reinos germanos en lo que era el Imperio Romano de Occidente, Irlanda no se librará de la segunda, que en torno a los siglos IX, X y XI, hará recorrer a magiares, sarracenos y vikingos por buena parte de Europa. El carácter insular de Irlanda no fue obstáculo para que los vikingos, expertos navegantes como sabemos, saquearan todo el litoral primero para luego fundar los primeros asentamientos definitivos - y las primeras ciudades de la isla – como son Límerick, Cork, Wexford, Waterford y Dublín. A partir de principios del siglo IX somos por tanto testigos de un complicado proceso marcado por la guerra entre los mismos irlandeses y entre éstos y los invasores, con todo tipo de situaciones que incluyen enmarañadas alianzas, traiciones e intrigas que acabarán con la gaelización paulatina de los vikingos, que se integrarán en el entramado político irlandés, mientras que los isleños, siempre permeables, adoptan también las novedades traídas por los escandinavos, como la moneda o el modo de vida urbano. Mientras, la guerra, mal endémico en Irlanda desde el principio de los tiempos, seguía su curso, y los tiempos parecían no cambiar, hasta que llegó la siguiente invasión, a mediados del siglo XII. Ésta provenía de la vecina Inglaterra y corrió a cargo de caballeros normandos traídos de Francia por los Plantagenet.