martes, 14 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (VI) Los años centrales del siglo XIV o los Daniilovichi menores (1340 – 1359).






Iván I, gobernante astuto y prudente, tuvo entre sus grandes logros la creación de una dinastía, los Daniilovichi. A partir de él, sus hijos pudieron transmitir el poder de manera hereditaria a sus descendientes, el último de los cuales fue Iván el Terrible, cuyo reinado durará hasta 1584 como sabemos.

En realidad, desde los tiempos del Rus de Kiev hasta finales del siglo XVI existió una sola dinastía, los Ruríkidas, o descendientes del semilegendario Rurik, el varego que en el siglo IX llegó a tierras rusas. Sin embargo, andando el tiempo, y sobre todo a raíz de la formación de la segunda Rusia al noreste, los rukíridas se disgregaron en diferentes ramas, destacando los descendientes de Daniel Alexandrovich (hijo a su vez del héroe ruso por excelencia, Alejandro Nevski).

El hecho de que los Daniilovichi se conformaran en una dinastía, transmitiendo su poder de manera hereditaria, ofendió a las otras ramas riríkidas, que decían tener mayor legitimidad sobre el trono de Vladimir – Súzdal (que a partir de los Daniilovichi empezó a identificarse ya con el principado de Moscú). La Iglesia, que era al fin y al cabo la institución que creaba las legitimidades en aquella época, tampoco estaba al completo con los nuevos gobernantes, ya que pensaba más en la unidad de todos los rusos desde los tiempos de Kiev(y por lo tanto mantener el status quo previo) que en favorecer nuevas aventuras. Por lo tanto, la nueva dinastía tan solo tenía a los khanes para asegurar su posición.

En los años centrales del siglo XIV asistimos a los reinados de Simeón y de Iván II, hijos ambos de Iván I. Ambos príncipes se sabían carentes de la legitimidad de las otras ramas de la dinastía, lo que les llevó a interminables conflictos y disputas civiles, digamos, con los otros ruríkidas y con las ciudades cercanas, que disputaban también a Moscú, su preeminencia sobre el suelo ruso. La ciudad rival por excelencia será Tver, sin olvidar Novgorod, Vladimir, Súzdal, o Riazán. Todos por lo tanto en contra de los Daniilovichi, los príncipes moscovitas.  Tanto Simeón como Iván intentaron neutralizar esta situación con una serie de matrimonios entre las ciudades rivales y Moscú, tal como hiciera su padre Iván I, pero no dio el resultado esperado. Además la Iglesia no siempre aprobó esta política, a pesar de que la sede metropolitana estaba ahora en Moscú.

Los Daniilovichi eran a pesar de todo esto una dinastía estable, pero su fortaleza se basaba casi exclusivamente en el apoyo de los khanes. Sin embargo, la situación en el seno de la Horda de Oro no iba a ser buena por mucho tiempo. Justo al final del reinado de Iván II, en 1359, el khan Berdi Bek fue derrocado por su hermano Qulpa (que a su vez fue asesinado por otro de sus hermanos) dando comienzo a un periodo de inestabilidad política. Por si fuera poco, Iván II, tras su muerte, dejó a un heredero de tan solo 9 años, Dimitri.

domingo, 12 de agosto de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (V) Pacto entre khanes y boyardos







Habíamos hablado de la forma de dominación que la Horda de Oro ejercía sobre los rusos, y que se asemejaba bastante al neocolonialismo actual. Las elites prestaban vasallaje a los tártaros y se enriquecían enormemente recaudando impuestos para ellos. Esta situación podría haberse prolongado ad infinitum, ya que los grandes nobles vivían de acuerdo a su status y la Horda les dejaba, relativamente, en paz mientras recibiera sus tributos puntualmente. Todos contentos por lo tanto, menos el pueblo claro, de quien puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que lo mismo le daba estar bajo el yugo tártaro que bajo el látigo de sus propios nobles.

En el contexto de un país que no tiene poder de decisión porque está en manos de un poder extranjero, como era el caso de los principados rusos, es cuando se hace especialmente necesario el surgimiento de líderes capaces. Obviamente ninguno de estos grandes señores estaba tan loco como para enfrentarse al khan directamente, pero de ahí a la cobardía suprema va un trecho. Leyendo las fuentes, no es difícil llegar a la conclusión de que la mayoría de los boyardos pensaban más en su propio interés que en el de la nación, y no les preocupaba lo más mínimo vender y sojuzgar a su pueblo con tal de mantener sus privilegios. Los khanes lo sabían y por ello cada vez que, digamos, aflojaban un poco la cuerda, lo hacían alimentando la codicia inagotable de estos magnates rusos. Así, como ya hemos visto, les dieron el privilegio de recaudar impuestos para el khan, entre otras cosas. Nadie parecía tener la idea romántica de librarse del todo del yugo de la Horda de Oro, aunque fuese un sacrificio inmenso, ya que los que los menos predispuestos a tales esfuerzos eran los propios nobles.

Pero en el mundo de las ideas, si hablamos de aquello que está más allá de lo tangible, es inevitable citar a la Iglesia. Si alguien podía infundir el las gentes el sentimiento de unidad, era ella. Esta institución, por supuesto, podía ser usada por los magnates para infundir en el pueblo la resignación y la apatía, sin embargo la Iglesia rusa, que había elaborado toda una teoría sobre la necesidad de mantener la pureza de la ortodoxia desde Constantinopla a Kiev y ahora a los principados del norte, y que pronto consideraría a Moscú la tercera Roma, y único enclave cristiano verdadero (no olvidemos que Constantinopla estaba a punto de caer bajo los turcos y que en Roma imperaba la corrupción más absoluta, con el cisma de Avignon a la vuelta). Esta Iglesia, digo, no iba a permitir por mucho tiempo la sumisión a los tártaros. Por ello, aquellos gobernantes moscovitas que mejores relaciones tuvieron con los patriarcas, fueron aquellos que más éxito tuvieron plantando cara a la Horda de Oro.

Uno de estos gobernantes será el príncipe moscovita Iván I (gran Príncipe de 1328 a 1340), bajo cuyo reinado, Moscú se sentirá por vez primera verdaderamente fuerte. Iván fue capaz de elevar la moral del pueblo, mantuvo siempre a la Iglesia a su lado (Moscú será ahora sede metropolitana) y sobre todo será lo suficientemente astuto como para afianzar sus dominios y establecer una poder hereditario, una verdadera dinastía, y todo ello sin ofender al khan.

BRIAN BORU (I) La figura del líder histórico













Hay tres tipos de líderes. Primero están aquellos generales, estadistas y reyes a los que la historiografía siempre ha mimado con celo. Algunos ejemplos clásicos son, como no, Alejandro, Julio César, Carlomagno o Napoleón, grandes figuras a quienes casi todo el mundo perdona sus errores, sus excesos o su crueldad. Otros personajes en cambio, gozando de las mismas virtudes y defectos, son demonizados por diferentes razones, ya sean éstas de índole política, religiosa o cultural. Ejemplos: Iván el Terrible o Felipe II, que gozan de una poco envidiable leyenda negra. El tercer tipo son aquellos que son ninguneados. Dentro de este grupo, Brian Boru destaca sobremanera.

Seguramente, y a pesar de que estamos hablando de un rey de Europa occidental, mucha gente apenas tendrá alguna idea sobre quién fue Brian Boru. No se cita en los libros de Historia de los colegios e institutos, no hay películas sobre él, ni apenas novelas. Los irlandeses vaya si lo conocen bien, y fuera de ahí (salvando quizá a algún inglés curioso) puede que los escandinavos, por aquello de que participaron en las guerras de Irlanda en torno al año mil, a parte de que su sistema educativo es magnífico, pero eso es otra historia.

Brían Boru fue un líder carismático. Si buscamos “carisma” en el diccionario, en la segunda acepción nos encontramos: Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad. En efecto, desde la Antigüedad se pensaba que el carisma era un don otorgado por los dioses a determinadas personas elegidas para ayudar a las gentes, para guiarlas y llevarlas por el camino correcto. Digamos que los dioses delegaban ese poder en un mortal, un líder. Por supuesto que estas personas cometían errores también. No en vano, la figura del “héroe”, en la antigua Grecia tenía connotaciones tanto divinas como humanas: así Ulises es frío y artero y Aquiles iracundo y orgulloso. En cuanto a los héroes del ciclo artúrico todos tienen pecados, algunos de ellos terribles, por lo que tan sólo uno de ellos, Perceval o Galahad en otras versiones, obtendrá el Grial.

Brían Boru será capaz de guiar a Irlanda, un pueblo acostumbrado a la guerra civil perpetua, a los señores de la guerra y a los ataques vikingos, hacia un periodo de paz que de haber durado lo suficiente hubiera situado a la isla entre las grandes potencias políticas y económicas del occidente medieval. Pero la vieja nobleza, los caudillos locales y señores de la guerra se opusieron a él con tenacidad, añorando el antiguo orden de cosas, el caos previo que satisfacía sus intereses personales frente al bien de la comunidad.  

jueves, 26 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (IV) Mongoles y tártaros





Los dueños de la estepa infinita. Señores del este, creadores de vastos imperios, nómadas y paganos.

Así eran en principio los enemigos naturales de los príncipes rusos. Andando el tiempo, al igual que los mongoles, y después de que Tarmerlán acabara con la influencia del cristianismo en los pueblos túrquicos, los tártaros acabaron por adaptar el islam, una religión que les dio una nueva identidad, más acorde con unos pueblos que ya no trataban de conquistar por que sí, como los mongoles en el siglo XIII, sino de afianzar lo conquistado y de crear una administración eficaz. En definitiva, querían consolidar sus imperios y hacerlos perdurar en el tiempo.

Los rusos siempre hablaron de tártaros al referirse a los pueblos de la estepa. Y aunque esta palabra daba nombre a una de las tribus mongolas que a partir de finales del siglo XII salieron de Asia a conquistar el mundo, con el tiempo acabó por designar, independientemente de su origen, raza o religión, a todo pueblo estepario al este del limes ruso.

Los mongoles podrían ser considerados como los antepasados de los tártaros, que salieron del este de Asia en diferentes tribus unidas por el famoso Chinguis Kan (Gengis Kan no es más que una mala traducción europea de un texto árabe). Chinguis era señor de las diferentes tribus de Mongolia desde 1190, aunque su expansión más allá de sus fronteras no comenzó hasta 1215, fecha de las primeras victorias contra el imperio Jin, situado al noreste de China. En 1218, los mongoles deciden entonces mirar hacia occidente, con terribles consecuencias para el mundo islámico, cuyo único rival hasta ahora estaba al oeste, y para los cristianos europeos, sobre todo para los príncipes de la primera Rusia. Afortunadamente para ellos, Chinguis muere en 1227, sin embargo el poderío mongol estaba en su apogeo, por lo que a pesar de las luchas por la sucesión, las rápidas hordas mongolas siguieron expandiéndose hacia los cuatro puntos cardinales afanosos por conquistar el mundo.

En lo que respecta a los príncipes rusos, el peor momento estaba por llegar. El área dominada por los mongoles en aquella región fue dividida en dos entidades, que son la Horda Blanca, bajo Orda Kan, y que comprende los territorios en la región sur y este del Volga, y la Horda Azul bajo otro nieto de Chingis, llamado Batu Kan, que ocuparía la región occidental y que será el responsable del asalto a Rusia y después a Europa occidental.

En efecto, Batu Kan recorrió gran parte del territorio ruso sembrando la muerte y la desolación a su paso. La propia Kiev fue saqueada sin piedad en 1240, y lo que conocemos como Rus de Kiev nunca volvió a recuperarse. Los principados rusos de este estado pasaron a ser vasallos de la Horda. Solo las ciudades norteñas como Novgorod, por la lejanía y el frío, se salvaron de la ira de los mongoles.

Los mongoles de Batu Kan, bajo el carismático general Subotai, saquearon también como sabemos buena parte de Europa central, llegando hasta Austria, sin embargo, cuando parecía que iban a plantarse en las orillas mismas del Atlántico, el Gran Kan, Ogodei, muere. Estamos en el 1241, y tanto Batu como su general Subotai han de ir a China para asistir a la elección del nuevo Kan, para lo cual habrá que esperar 5 años. Europa se había salvado in extremis. Además, ningún mongol volvió a poner sus ojos tan al oeste nunca más. La civilización feudal europea pudo por tanto proseguir su camino. Y en cuanto a Rusia, aunque herida casi de muerte, como va dicho, conservó su identidad y pudo resurgir en las regiones norteñas del principado de Kiev, en torno a ciudades como Tver, Moscú, Vladimir o Riazán.

Los sucesores de Batu Kan, que fueron su hijo Sartaq y posteriormente su hermano Berke, perdieron el interés por conquistar Europa occidental. Es decir, no veían con buenos ojos una expansión cuando a todas luces las divisiones internas dentro del imperio mongol eran más que evidentes, así prefirieron consolidar el territorio.

Durante el reinado de Sartaq, personaje con tintes legendarios, se consolida la llamada Horda de Oro, que englobaba las hordas azul y blanca. Esta Horda comprendía la parte occidental del disgregado imperio mongol, aquella que observaban los cristianos europeos de entonces desde su flanco más oriental, ocupado, como sabemos por los rusos. Los principados del viejo Rus por tanto, que al igual que los reinos hispánicos del mismo periodo, hacían de escudo y pantalla de la cristiandad frente a los bárbaros.

En cuanto a Berke, se convirtió al islám. Un hecho significativo y de vital importancia, pues después de él, todos los kanes de la Horda de Oro profesaro esta religión.

Mientras tanto Europa occidental, no volvió a sufrir ataques mongoles. Fue, paradójicamente el mundo islámico, concretamente el imperio de los abasidas quien sufre a partir de ahora su furia, que les hará llegar hasta Siria y Egipto, y arruinando como sabemos Bagdad y el imperio abásida. Estas acciones fueron llevadas a cabo por otra rama mongola que nada tenía que ver con la Horda de Oro, y que acabó fundando el llamdo ilkanato persa. Otra historia.

Mientras la Horda de Oro consolidaba su poder, y establecía su capital en la fastuosa Sarai, en el bajo Volga, el componente étnico mongol dejó de ser exclusivo, y acabó englobando a diferentes pueblos túrquicos de las estepas. La adopción del islám les dotó así mismo de una identidad diferente a la de sus hermanos de oriente, asentados en China.

El término tártaro pareció ser entonces más adecuado para designar a estos pueblos. Los tártaros de la Horda de Oro, y los reinos herederos (la Horda de Nogai, Kanatos de Kazán, de Crimea o de Astrakán entre otros) serán dueños de la estepa rusa hasta bien entrado el siglo XVI, cuando los moscovitas de Iván el Terrible comiencen lenta pero inexorablemente su expansión hacia el este, que les llevará al mar del Japón en menos de un siglo.

sábado, 21 de abril de 2012

RUSIA EN LA BAJA EDAD MEDIA (III) Moscú se afianza bajo el patronazgo de la Horda de Oro








Habíamos visto los diferentes factores que hicieron que Moscú empezara a destacar sobre las otras ciudades del noroeste de Rusia: uno de ellos era el carisma de los gobernantes moscovitas, que tuvieron que hacer verdaderos equilibrios para no caer en desgracia frente a sus señores los tártaros de la Horda, imponerse sobre sus súbditos rusos de manera favorable y a la vez no perder el favor de la Iglesia Ortodoxa, que como hemos visto, dio el espaldarazo definitivo a Moscú frente a las otras ciudades rusas al trasladar allí la sede metropolitana desde la decadente Kiev.

En unos momentos en donde los tártaros no estaban en condiciones de exigir demasiado a los rusos debido a que los católicos polacos y lituanos amenazaban el flanco occidental de su imperio, fue precisamente la Iglesia Ortodoxa quien más contribuyó a dotar a la segunda Rusia (la que surgió de la ruinas de Kiev) de una identidad fuerte frente a sus enemigos herejes de occidente y sus señores infieles de oriente.

Todo comenzó con el traslado de la sede metropolitana de Kiev a Vladimir en 1299, y después a Moscú en tiempos del patriarca Pedro (1308 – 1329), a instancias de su príncipe, Iván I. En 1325 ambos acordaron la construcción de la iglesia de la Dormición (1325) en donde ambos están enterrados. Otros eclesiásticos carismáticos que confirman el buen momento de la Iglesia rusa, de lo cual Moscú se benefició enormemente, son Sergio de Rádonezh (1315 – 1392), héroe ortodoxo, renovador y fundador de monasterios (no dejéis de mirar el magnífico cuadro de Ernst Lissner que muestra a San Sergio bendiciendo a Dimitri Donskói antes de la batalla de Kulikovo), el pintor Andrei Rublev (tampoco dejéis de ver la película que hizo Andrey Tarkovsky en 1966 sobre su vida) o el misionero San Esteban (1340 – 1396).

Este periodo en el que Moscú comienza a afianzarse en el noroeste coincide con el reinado de Iván I (1325 – 1340), de quien hablaremos pronto.

Los tártaros de la Horda de Oro aún no veían a los rusos como un peligro real. Para ellos eran unos cristianos que guardaban la región noroccidental de su imperio, pagaban sus tributos puntualmente y no daban mayores problemas. Esto no quiere decir que no hubiera campañas punitivas contra los rusos de cuando en cuando, para que no se confiaran. Estas expediciones de castigo nunca asolaban la región completa, sino que afectaban a ciudades sueltas o a pequeñas zonas a elección del Kan, de este modo los rusos nunca se sentían seguros, y por lo tanto seguían colaborando. A la vez, es justo decir, que las ciudades rusas prosperaron enormemente  bajo la protección de la Horda, ya que solos nunca hubieran podido sobrevivir a la amenaza occidental, ya sean estos germanos, polacos o lituanos, católicos todos, dispuestos a eliminar la identidad rusa de la faz de la tierra, y que se basaba, como sabemos, en el cristianismo ortodoxo. Los Kanes de la Horda de Oro sin embargo (recién convertidos por estas fechas al Islam) siempre fueron tolerantes con las opciones religiosas de sus súbditos.

Una de las formas de colaboración habitual de los rusos con sus señores era la autorecaudación de impuestos para la Horda. En un principio los kanes tenían a unos recaudadores llamados baskak, funcionarios estacionados en guarniciones militares que ejercían de facto la función de gobernadores de una darugha (o pequeña entidad territorial mongola, similar a una provincia). Con el tiempo, los kanes delegaron esta función en las familias nobles rusas, que recaudaban los tributos (lo que les elevaba a la categoría de gobernadores) para la Horda de Oro. Esta circunstancia podría hacernos pensar que los tártaros habían aflojado la cuerda un tanto, concediendo más autonomía a los rusos, que prácticamente se autogobernaban. Esto no es del todo cierto, y lo que nos encontramos aquí es una forma de dominación diferente, aunque igualmente efectiva, que recuerda a las formas actuales de colonialismo moderno: las grandes corporaciones, hoy día, pactan con las elites locales de los países cuyos recursos pretenden sustraer (petroleo, oro, café etc), permitiendo la extracción indiscriminada de su riqueza, a cambio de un pingüe beneficio. Así la compañía se queda con todo, la elite local amasa a cambio una gran fortuna por vender los recursos de su país, y el resto de la población (que suele ser más del 95%) queda ajena a este proceso, y por supuesto no ve un duro. Pues bien, algo así pasaba en la Rusia de la primera mitad del siglo XIV.

Bien es cierto que hay países que siguen en esta situación de dependencia de por vida, mientras que otros pronto se sacuden el yugo colonial para iniciar su propia andadura, como sería el caso del Japón de finales del siglo XIX, por ejemplo, que pasó de colonizado a colonizador y creador de un imperio comercial en apenas unas décadas.

El caso de los principados rusos en esta época recordaría al de los países del segundo tipo. Estuvieron al lado de los kanes, pagaron sus tributos y lucharon por ellos, pero solo mientras los kanes fueron fuertes.


martes, 10 de enero de 2012

EL SURGIMIENTO DE LA CIUDAD MEDIEVAL












A raíz de la desaparición del imperio romano asistimos a un proceso de empobrecimiento paulatino que afecta al modelo social y económico que se había desarrollado en Europa en los últimos siglos. El sistema urbano no será ajeno a esta nueva situación, provocada no solo por el colapso de Roma, sino por el establecimiento de pueblos bárbaros, de economía básicamente rural, dentro de sus fronteras.

Esta ruptura con el mundo antiguo no fue, sin embargo, tan radical. Y esto lo demuestran dos elementos fundamentales que debemos tener en cuenta, y que nos acercan a la realidad de la transición hacia el Medievo.

La Iglesia no solo sobrevivirá al derrumbe del imperio, sino que será la gran beneficiada de la nueva situación, alzándose con gran parte de los poderes terrenales presentes en Europa y gozando casi de un monopolio absoluto en materia espiritual. Las antiguas ciudades romanas se convierten ahora, de la mano de la Iglesia, en sedes episcopales, mientras que muchas de las tradiciones de la Antigüedad, perduran gracias a ella.

El segundo elemento que suaviza el cambio lo encontramos en Italia, cuna de la civilización romana, y que al encarar la Edad Media, lo hará siempre teniendo en cuenta las estructuras de su rico pasado. Esta continuidad está presente también en sus ciudades, que nunca perdieron su importancia del todo, siendo gérmenes todas ellas de las ricas y populosas ciudades italianas de la Baja Edad Media.  Estas características son extrapolables, aunque en menor medida, a otras regiones romanizadas de Europa occidental, como el sur de Francia, el norte de África y buena parte de la península ibérica.

A pesar de estos dos elementos, la decadencia urbana es notable en toda Europa durante los primeros siglos del Medievo. Y con la excepción del loable y fallido intento de renacimiento carolingio, las ciudades no pasaban de ser en la mayoría de los casos centros episcopales o plazas fortificadas para refugiarse en caso de ataque.

Es a partir del siglo XI, e incluso antes, cuando los núcleos urbanos, adormecidos durante cinco siglos, empiezan a tomar poco a poco protagonismo.

La visión más clásica a este respecto es la de Henri Pirenne, que en su obra sobre las ciudades en la Edad Media, vincula el renacer urbano directamente al desarrollo comercial. Según el historiador belga, todo surge a raíz de la sedentarización de grupos de mercaderes en torno a las “civitas” episcopales, o a los antiguos “burgos” carolingios. Los comerciantes crearán prósperos barrios extramuros llamados “portus” o “nuevos burgos” en torno estas las “protociudades” altomedievales, hasta acabar, con el tiempo, formando parte de un todo más o menos homogéneo.

La visión de Pirenne es clásica, aunque está desfasada. Ya algunos de sus discípulos, como el propio Ganshof, se dieron cuenta de que vincular comercio a desarrollo urbano no es aplicable a toda Europa, sino tan solo a la región comprendida en el centro y oeste del continente (Países Bajos, Bélgica, y parte de Francia y Alemania).

Hoy se piensa que las “protociudades” altomedievales tuvieron un papel comercial nada desdeñable. Es más, muchos de los causantes del retraimiento económico del periodo, como los invasores vikingos o musulmanes, fueron, a la vez, grandes fundadores de ciudades, a la par que buenos comerciantes. Por lo tanto, el papel de los mercaderes errantes, aunque fue relevante, tuvo un impacto relativo.

Así mismo, hoy también se piensa que si el verdadero motor de la economía medieval fue la agricultura, las ciudades no fueron en, modo alguno, ajenas a esto. Así, la expansión agrícola traería consigo un crecimiento demográfico que cristalizaría en núcleos de población con formas económicas más avanzadas, por lo que muchas de las ciudades medievales las encontramos no solo en las rutas comerciales sino en las zonas agrícolas más prósperas.

lunes, 2 de enero de 2012

EL FEUDALISMO: VASALLOS Y SIERVOS (2º ESO)

Tradicionalmente, al hablar del mundo feudal, muchas personas confunden el término vasallo con el de siervo. Tanto es así, que cuando una persona está sometida a otra en una situación de desigualdad, como un empleado a un jefe, por ejemplo, o un ciudadano cualquiera a los intereses de un gran banco, decimos que es su vasallo. Así, la palabra vasallo ha pasado a designar a alguien que está esclavizado y que nada o muy poco puede hacer para remediar su situación.

En la Edad Media sin embargo, el término vasallo tenía un significado diferente. Los vasallos solían ser señores, es decir, gente poderosa (tanto nobles como clérigos) que estaban al servicio de otros señores igualmente poderosos. Así, hasta los propios reyes podían llegar a ser vasallos del emperador o del papa, e incluso de otros reyes. Un ejemplo claro serían los reyes de Inglaterra, que desde el siglo XI fueron vasallos de los reyes de Francia. A todo este conglomerado de relaciones entre señores podemos llamarlo sistema feudo – vasallático, y que consistía en lo siguiente:

Un noble se hace vasallo de otro, normalmente más poderoso, y se compromete a ayudarle cuando lo necesite. En la guerra sobre todo. A cambio el señor más poderoso, entrega a su vasallo un  feudo. El feudo solía ser una extensión de tierra, que incluía un castillo, y una serie de zonas para el cultivo, en donde vivían campesinos en pequeñas aldeas. Todo esto es lo que daba el señor a su vasallo a cambio de su fidelidad.

Otra cosa son los siervos. Éstos iban incluidos en el lote que hemos llamado feudo, y solían ser los campesinos que vivían en las diferentes aldeas alrededor del castillo, aunque no todos trabajaban la tierra, ya que algunos vivían directamente en la casa del señor, haciendo tareas domésticas. Los siervos, las más de las veces, vivían en una situación cercana a la esclavitud, y estaban obligados a pagar una renta al señor. Normalmente no podían abandonar la tierra, y además debían pagar otra serie de impuestos si querían utilizar el horno o el molino. Era como una especie de alquiler que había que pagar al señor a cambio de que éste te dejara vivir en sus tierras.

Esta situación tan penosa en la que vivía el campesino duró buena parte de la Edad Media, al menos hasta que surgieron las primeras grandes ciudades medievales, que eran normalmente lugares abiertos y en donde algunos campesinos lograron instalarse, haciéndose herreros, panaderos o carpinteros, y además lejos de la influencia del señor, aunque para que esto ocurra, aún deberán pasar algunos siglos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

LIBROS SOBRE MITOLOGÍA CELTA QUE ESTUDIAREMOS (1º ESO)





Cualquier persona de entre 10 y 15 años que quiera iniciarse en esto de la mitología celta, debe saber que hay un sin fin de libros muy interesantes.

Algunos de estos libros reproducen de alguna manera textos originales, es decir, aquellos que escribieron los monjes irlandeses y galeses recopilando las leyendas de sus antepasados. 
 Desgraciadamente la 
mayoría de las obras de este grupo son tan cultas que podrían resultar aburridas para estudiantes de la ESO, por ello es mejor que las estudiemos y hablemos de ellas en clase, y el profesor ya sabrá hacerlas entretenidas.

De todos modos, pronto publicaré una entrada que hablará sobre libros más adecuados para vuestra edad. Más “entretenidos” digamos, en donde las historias son amenas y en donde podréis encontrar mapas e interesantes dibujos.

Volvamos mientras al primer grupo, con aquellos libros que reproducen tratados originales escritos por monjes y otros eruditos. 

Un libro muy interesante, que narra las sucesivas invasiones que sufrió Irlanda desde los tiempos del Diluvio, es el Libro de las Invasiones (Lebor Gabála) , que narra, entre otras, las aventuras de los Tuatha de Danann (que hoy son las hadas y personajes del mundo subterráneo que viven en Irlanda) y su lucha contra el terrible y oscuro pueblo de los Fomorianos. Así mismo habla también de la llegada de la quinta invasión, la de los Milesios, valientes y orgullosos guerreros que llegaron a la isla procedentes de España. A pesar de que lo que cuenta este libro no fue real, el Libro de las Invasiones está considerado como una obra imprescindible si se quiere conocer el mundo legendario de los celtas.

El Ciclo del Ulster es otra de las grandes obras que no debemos olvidar. En ella se cuentan las aventuras del mejor guerrero irlandés de todos los tiempos, Cuchulainn, que vivirá bajo el reinado de Conchobar Mac Nessa, uno de los reyes del Ulster (la provincia situada más al norte de Irlanda). El conjunto de historias del Ciclo del Ulster recuerdan a veces a la Iliada y a la Odisea, aunque tiene elementos típicamente celtas como la aparición de bardos y druidas, o la práctica del robo de ganado, tan popular que se consideraba poco menos que un deporte. 

El Ciclo de Fenian es otro conjunto de textos imprescindibles. Narra la historia de Fionn Mac Cumhall y de sus increíbles hazañas. Fionn era el líder de un grupo de guerreros valerosos llamados fenianos (fianna, en irlandés antiguo). Los fenianos eran guerreros que no pertenecían a ningún clan o tribu, y que luchaban por su cuenta, según sus propias leyes. Eran mercenarios y bandidos, que en determinados momentos podían ser contratados por algunos reyes para luchar contra enemigos concretos. No todo el mundo podía ser un feniano, pues debían ser hombres capaces de hacer cosas increíbles, y de pasar pruebas muy difíciles. Algunas de las proezas de Fionn Mac Cumhall y sus fenianos inspiraron después muchas de las historias del rey Arturo y sus caballeros, como veremos.

La colección de relatos que forma el Mabinogion es otra obra fundamental. Fue escrito por monjes galeses ya en la Edad Media, y mezcla la tradición céltica pagana, con las nuevas tradiciones cristianas. Se divide en cuatro partes, que son las llamadas “Cuatro ramas”, que cuentan la historia de Pwyll, señor de Dyfed, en Gales, y sus relaciones con Irlanda y otras regiones. Estos relatos, a la vez que entretenidos, nos dan muchas pistas sobre cómo vivían las gentes de estos remotos lugares de las islas británicas, que ya en plena Edad Media, constituyeron, como sabemos, el último reducto de los celtas.

En cuanto al último de los héroes celtas, Arturo, hay innumerables obras, cuentos, poemas y relatos sobre su figura. Nosotros, que nos limitaremos en clase a introducir tan solo al personaje, estudiaremos por encima la obra, imprescindible, de Geoffrey de Monmouth, que en el siglo XII escribió un libro titulado Historia de los reyes de Britania, y que recopila antiguas leyendas artúricas y las mezcla con cosas que él mismo inventa. Así, tenemos a un verdadero héroe, a caballo entre el antiguo mundo celta precristiano y la Edad Media caballeresca. También estudiaremos a otros autores importantes que hablaron sobre este tema, y que son el francés Chrétien de Troyes y el inglés Sir Thomas Malory. Tanto nombre y tanto libro raro no debe, sin embargo, hacernos pensar que la historia de Arturo es aburrida, si no nadie hubiera escrito tanto sobre él, ni se hubieran dibujado tantos comics o hecho tantas películas ¿no creéis?

domingo, 11 de diciembre de 2011

MITOS Y LEYENDAS CELTAS (1º ESO)





A pesar de ser menos conocida que lo clásica, no debemos olvidar la importancia de la mitología celta. Sus historias de dioses y héroes legendarios no tienen nada que envidiar a los mitos grecolatinos, y en cierto modo están más elaborados que los mitos germánicos, a pesar de que éstos perduraron en el tiempo hasta bien entrada la Edad Media.

Es cierto que los mitos grecolatinos están hoy presentes en casi todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana, desde el cine y el cómic, hasta la literatura o la pintura. Sin embargo esto no debe restar importancia a las leyendas celtas, que de alguna manera también están presentes en el siglo XXI. 

¿Quién no conoce las leyendas del rey Arturo o del mago Merlín? ¿Quién no ha oído o leído historias de elfos o duendes? Por no hablar de muchos de los cuentos de hadas que conocemos, o las historias de caballeros andantes en las cuales se inspiró Cervantes para escribir el Quijote, los cuentos de amores imposibles como la de Tristán e Isolda o las narraciones sobre búsquedas interminables como la del Santo Grial. 

Los celtas son un pueblo europeo que estuvo asentado en buena parte de lo que hoy es Europa occidental, así en su momento de máxima expansión ocupaba parte de los territorios de las actuales España y Portugal, norte de Italia, Suiza, sur de Alemania, Bélgica, Francia y también las islas británicas. El hecho de que este pueblo ocupara un territorio tan amplio no quiere decir que formaran un imperio, como sí hacían los romanos por aquel tiempo. Ellos sabían que formaban parte de una misma cultura, sin embargo estaban divididos en un sin fin de tribus y reinos, y las guerras entre ellos eran algo habitual. Quizá por ello, los celtas eran grandes guerreros, y dieron muchos quebraderos de cabeza a sus enemigos, que eran, como siempre suele ocurrir, sus vecinos, es decir, los germanos y los romanos. 

Había dos tipos de pueblos celtas, por así decirlo: 

El primer grupo lo formaban aquellos que vivían en el continente, a saber, los galos, los belgas o los celtíberos entre otros. Estos celtas continentales desaparecieron, digamos, al ser conquistados por los romanos, que después de su victoria construyeron acueductos, puentes y calzadas, así como ciudades, haciendo que estos territorios pasaran a formar parte del imperio romano. Por eso hoy en día en Francia (donde estaban los irreductibles galos) se habla francés, que viene de la lengua que hablaban los romanos, el latín. Lo mismo ocurrió en la península ibérica, por lo que hoy apenas sabemos nada de nuestros valientes celtíberos.

El segundo grupo estaba compuesto por los celtas que cruzaron el canal de la Mancha y pasaron a las islas británicas, que como sabemos hoy día comprenden dos países diferentes, Gran Bretaña e Irlanda. A esta región europea los romanos llegaron mucho más tarde, al ser islas y además lejanas, y cuando lo hicieron, no dejaron una huella tan profunda como en Francia o España, por lo que los celtas que allí vivían no se extinguieron. Además, Irlanda y Escocia, entre otras regiones, jamás formaron parte del imperio Romano, con lo que sus habitantes pudieron seguir con sus costumbres varios siglos más. Incluso una vez cristianizados, las antiguas leyendas paganas siguieron vivas de alguna manera. Es más, fueron los propios monjes celtas quienes durante la Edad Media recopilaron los mitos de sus antepasados, poniéndolos por escrito en libros maravillosamente decorados, gracias a los cuales hoy día conocemos muchas cosas sobre su mitología. 

Los monjes celtas creían que la voluntad de Dios podía cambiarse si ponías mucho empeño en algo y lo deseabas mucho. Ellos pensaban que si eras capaz de hacer algo realmente fuera de lo normal, podrías cambiar tu destino. De ahí que siempre estuvieran viajando por el mundo en busca de nuevas tierras que evangelizar o recopilando viejas leyendas con fervor incansable. En este sentido eran herederos de los grandes guerreros celtas, como Cuchulainn o Arturo, que con sus proezas lograron cambiar el mundo mágico en el que vivieron.

domingo, 13 de noviembre de 2011

LOS MUSULMANES CONQUISTAN LA PENÍNSULA IBÉRICA (2º ESO)





El periodo medieval tiene en España unas características muy diferentes a las del resto de Europa, ya que, en nuestro caso, estará marcado por la presencia musulmana, lo cual hará que nuestra Edad Media sea realmente original, a la par que fascinante.

¿Cómo comenzó todo? O mejor dicho, ¿cómo y por qué llegaron los musulmanes hasta la península ibérica? Pues bien, debemos situarnos en el contexto de la expansión del Islám. Ya sabemos que en el 632 muere Mahoma en la Meca, es decir en Arabia, y que a raíz de este acontecimiento, los musulmanes, fortalecidos por sus nuevas creencias y deseosos de darlas a conocer, se expandieron por buena parte del mundo, llegando hasta los confines de la India por el este y hasta el norte de África por el oeste. Cuando estaban en el actual Marruecos, que ya sabemos que está a tan solo unos kilómetros de nuestras costas, les llegaron noticias de la situación de la península y decidieron cruzar el estrecho, para así continuar su expansión, en este caso por Europa.

Ya sabemos que Europa en aquel momento estaba dividida en diferentes reinos bárbaros, que, como sabemos, no habían conseguido un grado de desarrollo tan importante como los romanos o los bizantinos. Tan solo los francos, sobre todo a raíz de la instauración del imperio carolingio, eran lo suficientemente poderosos para hacer frente a una amenaza exterior -de hecho así lo demostraron cuando detuvieron a los musulmanes en Poitiers en el 732 -. El reino bárbaro que había en nuestra península era el de los visigodos, como sabemos. ¿Eran los godos lo suficientemente fuertes para detener la oleada imparable del Islám como hicieron los francos? Pues no, y vamos a ver por qué.

Para empezar, la mayoría de los habitantes de la península eran gentes de costumbres romanas, o sea, que hablaban latín y eran cristianos, básicamente, mientras que los godos eran la minoría gobernante. La elite, digamos, que no era muy bien vista por la población, debido a las continuas guerras civiles que asolaban su territorio y a los altos impuestos que debían de pagar. Peor estaban los judíos, de los cuales había unos cuantos también, y a los que se privó de todo tipo de derechos. Además de godos, romanos y judíos, debemos hablar de los pueblos norteños que eran tribus belicosas y celosas de su independencia. Al llegar los musulmanes, serán estas tribus las que primero plantarán cara al invasor con éxito, como antes hicieron contra romanos y godos.

Con este panorama no es de extrañar que los musulmanes pensaran que el reino visigodo era una presa fácil. Si en la península ibérica no eran capaces de gobernarse a sí mismos, difícilmente iban a poder defenderse.





viernes, 21 de octubre de 2011

CARACTERÍSTICAS DEL ARTE ISLÁMICO (2º ESO)








El arte islámico se inicia a partir del 622, que como sabemos es la fecha en la cual Mahoma huye de la Meca hacia Medina.

Los musulmanes eran, muchos de ellos,  pueblos nómadas del desierto, por lo que no habían tenido la posibilidad de elaborar un arte propio importante, como sí habían hecho los romanos, sus herederos bizantinos o incluso los bárbaros de occidente. Esto cambia después de la muerte de Mahoma (630), ya que las tribus de Arabia se expandirán más allá de sus fronteras inspirados por el espíritu de la Yihad o guerra santa, pasando pronto a dominar otros pueblos como los persas o los bizantinos.

Tenemos por lo tanto a gentes guerreras del desierto que de pronto tienen que gobernar extensos territorios, por lo que deberán construir palacios, cuarteles, y por supuesto mezquitas.

Pero, ¿cómo iban a construir todas esas cosas sin tener un arte propio?, ¿qué estilos utilizarían? Pues bien, lo que los árabes harán será adaptarse al arte de las distintas zonas sometidas. Es como si les copiaran un poco. Así en las regiones bizantinas construirán mezquitas de estilo greco – romano, como por ejemplo la de Damasco, en Siria, y en Persia harán lo mismo. Incluso en España imitarán el estilo de los visigodos, utilizando el arco de herradura (como vemos en la mezquita de Córdoba por ejemplo) que era típico de este pueblo germánico. Esto no quiere decir que fueran unos meros imitadores, sino que tomarán como modelo el arte de los pueblos conquistados para luego elaborar uno propio y realmente original.

Otra característica importante del arte islámico es la pobreza de los materiales que usan. Ellos son pueblos del desierto, como hemos dicho, y allí no tenían la posibilidad de construir con piedra o mármol como los romanos o los bizantinos, así que usarán materiales más baratos como el ladrillo o el yeso. Pero esto no quiere decir que sus edificios fueran simples o antiestéticos, si no todo lo contrario, ya que los musulmanes decorarán mucho sus construcciones para que no se note la pobreza de los materiales. Esta exacerbación decorativa se notará sobre todo en el interior de sus edificios, ya que por fuera no son demasiado llamativos, sin embargo la sorpresa está dentro, en donde lo decorativo lo invadirá todo. Los temas de esta decoración suelen ser de carácter vegetal presentados de forma estilizada (atauriques), de trazado epigráfico (formando letras), también geométrico con dibujos de lazo (lacería), destacando también la decoración de sebka (a base de rombos mixtilíneos).

Este decorativismo tan recargado les lleva a utilizar muchos tipos de arcos, con diferentes formas: arcos de herradura, lobulados, mixtilíneos o de medio punto peraltados son los más importantes. Fijaos qué diferencia con los romanos, bizantinos o carolingios, que usaban el arco de medio punto casi en exclusiva.

Una última característica del arte musulmán será el uso de la bóveda, la cual será para ellos muy fácil de construir debido a que los materiales que usan (por ser pobres) son muy ligeros. Así habrá muchos tipos, aunque los más importantes serán la bóveda de crucería califal y la de mocárabes (cuya decoración parece imitar las estalactitas de las cuevas).

viernes, 14 de octubre de 2011

LA VIDA EN EL DESIERTO DE ARABIA (2º ESO)










Contrariamente a los árabes sedentarios que viven en ciudades como Medina o la Meca, dedicados principalmente al comercio, o aquellos que viven en las regiones del sur, como Yemen, cuyo escaso pero suficiente régimen de lluvias permite cierta agricultura, las gentes del desierto, los beduínos, son nómadas, es decir, van de un lado a otro en busca de los mejores pastos para su ganado y a la vez luchan entre sí por el control de los pozos de agua.

El agua es el verdadero oro del desierto, pues permite no solo crecer los pastos, sino dar de beber a hombres y animales. Tanto es así, que allá donde hay un pozo suele establecerse un campamento permanente. No debemos confundir los pozos con los oasis. Los primeros son excavados artificialmente por el hombre y pueden sobrepasar los 70 metros de profundidad. En los oasis por el contrario, el agua brota de manera natural, y en sus márgenes suelen surgir aldeas y ciudades en donde los beduínos van a abastecerse y a intercambiar productos.

El beduíno conoce muy bien el desierto, aunque su vida es muy dura, ya que está condenado a peregrinar de pozo en pozo para subsistir. Es un medio muy difícil, por lo que los nómadas a veces pasaban hambre y necesidades, llegando a extremos como el infanticidio femenino. Esto sin embargo les hacía resistentes y orgullosos, así como grandes guerreros.

Su carácter belicoso presidía también sus relaciones con otros pueblos:

Así, frente a los sedentarios ejercían funciones protectoras a cambio de un tributo, lo que hoy conoceríamos como extorsión, o sea, dame dátiles, tejidos, harinas etc. y yo a cambio simplemente no te ataco ni destruyo tu aldea. Este tipo de protección también se extendía a las caravanas, que traían productos exóticos de sitios lejanos como Persia o incluso China. El sistema era el mismo: págame para que no te robe, mientras te defiendo de los ladrones – que suelen ser así mismo beduínos como ellos -.

A parte de estas funciones protectoras  - de tipo mafioso que diríamos hoy -, a veces atacaban directamente a las caravanas o a otras tribus nómadas. Es lo que se conoce como algara (palabra que significa ataque o incursión rápida) y que es una de tantas palabras de origen árabe que usamos hoy en nuestro castellano. Las algaras se basan en el elemento sorpresa, a fin de robar ganado o personas, mujeres y niños por los que luego pedirían rescate o bien venderían como esclavos.

Esta forma de hacer la guerra, rápida y por sorpresa, es la que permitió a los árabes expandir su nueva religión, el Islám, más allá de sus fronteras con gran rapidez, así apenas un siglo después de la muerte de Mahoma (632), los musulmanes controlaban los territorios que iban desde la península ibérica hasta la India, incluyendo el norte de África, y gran parte de los imperios bizantino y persa.

viernes, 22 de julio de 2011

RUS DE KIEV O LA PRIMERA RUSIA (II) De Novgorod a Kiev






Según la Crónica de Nestor, que es un compendio de crónicas bizantinas, nórdicas y leyendas varias, escrita en el siglo XII, los habitantes de la región de Novgorod y Ladoga, al este del Báltico, pidieron ayuda a los Rus, un grupo de varegos o vikingos que merodeaba por la zona para que mediaran en las disputas que tenían entre ellos. Es de creer que alguna de las facciones en conflicto quisiera aprovechar la fortaleza militar de los Rus para hacerse con el poder en la zona, pero, como suele ser habitual, los recién llegados, viendo la debilidad de sus anfitriones, se hicieran con el control de tan rica y vasta región. Ejemplos como estos sobran en la Historia siempre con idéntico resultado, así los vitizianos llamaron a los musulmanes de Tarik para ayudarles contra Rodrigo, y los norteafricanos acabaron por conquistar Hispania. De parecida manera llegaron (leyenda o no) los anglosajones a Britania, los normandos a Irlanda o los almorávides a las taifas hispanas, siempre invitados desde dentro. La Crónica de Nestor no entra en detalles sobre este particular, pero el caso es que los vikingos también fueron invitados. En principio los Rus parece ser que habían sometido a tributo a estas tribus eslavas y finesas, por lo que éstas acabaron por echarles al mar. Sin embargo, ante la inestabilidad política y las luchas tribales, en donde nadie parecía ponerse de acuerdo, los nativos decidieron invitar de nuevo a los escandinavos para que mediaran en sus disputas ejerciendo de jueces, es decir, para que les gobernaran. Así fue, y los vikingos se adueñaron del país fundando una serie de señoríos, más o menos afortunados, uno de los cuales daría lugar al Principado de Novgorod.


Algunos autores afirman que este estado fue esencialmente una empresa comercial que surgió de las necesidades mutuas de las gentes de Novgorod y de una banda de vikingos en busca de trabajo. La región ofrecía grandes expectativas comerciales debido a su lugar estratégico, ya que mediante los ríos, las grandes arterias de Rusia, estaban en contacto con el Báltico y el Mediterráneo, el mar Blanco y el Caspio, y por lo tanto en plena ruta comercial con Escandinavia, Bizancio y el mundo musulmán, y además en una región cuya riqueza en materias primas no tenía límite - pieles, ámbar, miel, cera o esclavos -. Lo único que se necesitaba era seguridad en las rutas frente a bandidos y salteadores, y aquí es donde entraban los vikingos.


La figura que acaudillaba a estos varegos es cierto Rurik. La única referencia que tenemos de él es la ya mencionada Crónica de Nestor, por lo que bien pudiera tratarse de un personaje legendario, a pesar de que muchos autores lo identifican con Rurik de Dorestad, un jefe danés con larga experiencia como saqueador en Europa occidental y las islas británicas. Hasta ahora ninguna evidencia histórica nos hace pensar en que sean el mismo personaje y, de serlo, tampoco sabemos por qué recaló de pronto en el Báltico oriental, tan alejado de los intereses que él y su familia tenían en el Atlántico.


El caso es que a partir de la llegada de los rus y la creación de Novgorod, se fundó una dinastía, llamada rúrikida, que regirá los destinos del Principado de Kiev y luego de Moscú - primera y segunda rusias - hasta finales del siglo XVI, cuando serán relevados por los Romanov.


De lo que no hay duda es que, a partir de la llegada de los rus en el 856, apreciamos cierta unidad de actuación en la zona. Los varegos se conformaron en una casta guerrera que dotó de gran dinamismo a la región, que veía expandir sus intereses a la par que los drakkars surcaban los ríos rusos. Así pronto unificaron todo el área septentrional bajo un mismo poder político – haciendo al fin y al cabo lo que la población local les había pedido – y pronto estuvieron en condiciones no solo de comerciar con otros pueblos, sino de rivalizar con ellos a nivel militar. Uno de estos pueblos eran los poderosos Jázaros, un pueblo búlgaro - túrquico de las estepas de la región comprendida entre el Don y el Volga, al norte del Cáucaso, que eran además tradicionales aliados de los bizantinos. La primera toma de fuerza entre rusos y jázaros tendrá lugar tan solo dos años después - lo que da idea del rápido desarrollo de Novgorod como fuerza a tener en cuenta -. En efecto, en el 858, los jefes rus Askold y Dir conquistan el estratégico enclave de Kiev, que si bien no pertenecía a los jázaros sí les pagaba tributo, para en el año 860 lanzarse sobre la misma Constantinopla. Un libro escrito por el erudito emperador Constantino VII algunas décadas después, habla de la llegada de 200 barcos y 8.000 hombres a las puertas de la capital bizantina. Aunque acabaron chocándose contra las murallas y la expedición fue un fracaso, este hecho nos da una idea del enorme desarrollo experimentado en unos pocos años por parte del principado de Novgorod, hasta el punto de constituir un elemento desestabilizador en la región del mar Negro.


A pesar de estos avances, un estado no se crea de la noche a la mañana, y solo la labor concienzuda de príncipes más o menos carismáticos logrará la consolidación de esta reciente entidad política. Uno de estos príncipes fue Oleg, llamado el Sabio, y una de las primeras acciones de su largo reinado (879 – 912) fue la conquista de Kiev. Recordemos que la ciudad ya se encontraba en manos varegas desde el 858, lo cual nos informa posiblemente de la existencia de discrepancias también en el seno de los rus, y de que el nuevo estado estaba aún en una fase amateur, digamos, a falta de algunas décadas para madurar definitivamente y alcanzar su esplendor definitivo, en torno al año 1000. Prácticamente nada se sabe de esta discrepancia interna, aunque seguramente Bizancio, tan cerca ya de Kiev, no fue ajeno a este hecho, quizá alentando la independencia de los varegos kievanos frente a los del norte. Se ha llegado también a sugerir que la expansión del cristianismo entre los gobernantes varegos de Kiev, merced a misioneros bizantinos, pudo provocar la reacción de los rus norteños, aún paganos, y por lo tanto la conquista de la ciudad a manos de Oleg el Sabio en el 882.


Sea como fuere, y conocedor de las posibilidades comerciales que ofrecía la rica Kiev, así como por su posición estratégica envidiable, Oleg hizo de ella su capital, unificando a la vez el norte y el sur bajo su dominio.

jueves, 21 de julio de 2011

RUS DE KIEV O LA PRIMERA RUSIA (I) Cuestiones terminológicas: varegos y rus










Como en todas las grandes invasiones que sufrió Europa desde que Roma dejó de existir como imperio, los recién llegados buscaron tierras principalmente. Es cierto que en principio eran grupos belicosos que asolaban las fronteras de los países más ricos y civilizados, pero con el tiempo se acabaron instalando en una región determinada para fundar sus propios estados. Así francos, lombardos o anglosajones aún a día de hoy perviven en cierto modo gracias a los nombres que dejaron a diferentes regiones y países europeos. En el caso de las llamadas Segundas Invasiones, que acontecieron varios siglos después, las aspiraciones de los bárbaros no eran muy diferentes. Incluso un pueblo tradicionalmente nómada como los magiares acabó por asentarse en Panonia para integrarse en el orbe cristiano feudal europeo. Los vikingos, los otros grandes bárbaros del momento, tampoco fueron ajenos a este proceso, siendo además su proyección territorial mucho mayor y dando lugar a estados cristianos diferentes que, en torno al año 1000, iban desde Islanda hasta el Volga, y desde Escandinavia a Sicilia.

Tradicionalmente se asocia a los vikingos suecos la llegada a tierras del Báltico oriental para dar lugar, andando el tiempo, a la formación del estado que conocemos como Rus de Kiev o primera Rusia. Estos suecos son conocidos como Varegos en muchas de las fuentes primarias que manejamos para este periodo, como la Crónica de Nestor (eslava) entre otras. De todas formas hay mucha controversia sobre este término, ya que muchas veces Varego se usaba para designar a cualquier navegante, nórdico (germano) o eslavo, que surcara las tierras de los grandes ríos entre el Mar Báltico y el mar Negro y el Caspio, y comúnmente se les identificaba como piratas y comerciantes. En general podemos decir que era una acepción oriental y asiática para hablar de los pueblos del norte.

La palabra Rus sin embargo sí tiene una definición más concreta, y parece hacer referencia al grupo de nórdicos que se instalaron al este del Báltico procedentes de Escandinavia para de ahí moverse a placer por los ríos rusos. Estos Rus saquearon y comerciaron por un amplio territorio, figurando por tanto no solo en las fuentes eslavas, sino también bizantinas, judías y musulmanas.











jueves, 2 de junio de 2011

HENRY KAMEN Y EL IMPERIO ESPAÑOL


 




Como todos los hispanistas, Henry Kamen, junto con Parker, Elliot o Preston entre otros, son muchas veces de gran utilidad tanto para la historiografía española como para todos los que disfrutamos la Historia o tenemos ciertas inquietudes culturales. Su labor consiste principalmente en abrirnos los ojos y ofrecernos, a los españoles, una visión menos apasionada y con diferente perspectiva de nuestro pasado, algo muy necesario en estos tiempos de manipulación por parte de pseudohistoriadores y periodistas que dicen ser historiadores, que hacen y deshacen nuestra memoria a placer, muchas veces además con el beneplácito o pasividad de los poderes públicos.

Esto no quiere decir que sea oro todo lo que reluce, y que los hispanistas estén en posesión de la verdad absoluta. Pero sí es cierto que muchas veces da un poco de vergüenza que tengan que venir aquí los ingleses a poner orden en nuestras cosas con ideas frescas y claras mientras nuestros historiadores aún discuten sobre el sexo de los ángeles, por así decirlo.

Mr Kamen quizá sea el hispanista más conocido, y también el más asequible al gran público. Pero ya he dicho que no es oro todo lo que reluce.

Concretamente me gustaría reseñar uno de sus libros más famosos: Spain´s Road To Empire, (traducido en nuestro país como Imperio), y que dejó desde el momento de su publicación algunos detractores por sus polémicas afirmaciones, llegando a decir que no podemos hablar de “conquista” de América, entre otras cosas.

Para empezar me gustaría decir que el libro en cuestión es muy ameno y de fácil lectura, y que ofrece una visión muy interesante - y personal - de la Historia de España desde los Reyes Católicos hasta el reinado de Carlos III. Vaya eso por delante. Sin embargo la impresión que he tenido según leía sus páginas es la de cierta necesidad, por parte del autor, de desmontar, una tras una, todas las premisas sobre las que se fundamenta nuestra Historia. Esto puede ser positivo, pues echa por tierra muchos mitos, sin embargo denoto cierto ensañamiento, muy sutil, no tanto contra el Imperio en sí - que como Kamen bien dice estaba formado por muchas naciones – sino contra los españoles en particular, y más concretamente contra aquellos que conformaban la vieja Castilla - la cultura hegemónica peninsular en aquel momento – ya sean castellanos, extremeños o andaluces, es decir, castellanoparlantes. Así minimiza su actuación en la conquista de América en todo momento, a favor de los aliados indígenas, siendo también más benévolo con otros peninsulares como los catalanes y portugueses en lo que a asuntos europeos se refiere, negando así a la Península una identidad común, que si bien no se manifestaba aún en lo político, sí existía en la mentalidad de muchos de los hombres que poblaron el solar ibérico, desde Marcial a Isidoro de Sevilla, y así hasta Cervantes o Jovellanos.

Ejemplos de que los españoles no estaban solos en la construcción del imperio abundan en toda la obra. Así la conquista de México solo fue posible gracias a la ayuda de los tlaxcatecas entre otros, y el sometimiento de los mayas ha de agradecerse a los guerreros nahuas, a parte de que las elites locales muchas veces colaboraron y ayudaron de buena fe a los conquistadores, los cuales, por sí solos, no habrían hecho nada, y esto es muy cierto, sin embargo apenas se menciona la capacidad organizativa, logística y diplomática de los peninsulares, mientras que su evidente superioridad militar queda atenuada en el texto, ya que Mr Kamen dice que las armas de fuego y los caballos fueron usados más como un arma intimidatoria que real, y que, si acaso, fueron las enfermedades europeas las que diezmaron a la población indígena - viejo mito que no desmonta y que saca de contexto – más que la pericia militar de unos hombres que según el hispanista no eran ni siquiera soldados, sino artesanos, campesinos, marineros, comerciantes o notarios. Supongo que se refiere en este punto a que no eran militares profesionales, como los tercios, pero yo creo que los que conformaban la hueste indiana fueron tan valientes, despiadados y crueles como cualquier guerrero, llámese soldado o no.

Hablando de Europa, Mr Kamen ensalza la multinacionalidad del Imperio, que estaba formado también por catalanes, italianos, portugueses, flamencos o alemanes. Fue la colaboración internacional la que hizo posible esta gran empresa, así muchas de las conquistas fueron posible gracias a la ayuda - desde luego no desinteresada - de banqueros extranjeros, mientras que afirma que los mejores generales del imperio fueron italianos como Farnesio o Spínola o alemanes como Juan de Austria. Este último sin embargo, aunque nacido en Ratisbona, vino a España con cinco años por deseo expreso de su padre el emperador Carlos, y se crió en un castillo cercano a Valladolid con preceptores españoles y completó su educación más tarde en la Universidad de Alcalá de Henares, en donde coincidió, por cierto, con el ya citado Farnesio, nieto del emperador - y sobrino suyo -. Otros grandes generales como Gonzalo Fernández de Córdoba o el propio Cortés nacieron directamente en suelo hispano.

Algo positivo, sin embargo, de la obra de Kamen es que a la hora de abordar las muchas derrotas sufridas por el imperio en cuestión, sigue insistiendo en la presencia y colaboración de otros pueblos y naciones. Vamos, que si Lepanto no fue una victoria únicamente española, tampoco fueron fracasos exclusivos de los peninsulares los sucesos de la Gran Armada, la Noche Triste o la fallida expedición contra Argel de 1541 – por poner tres ejemplos – en donde Mr Kamen deja muy claro que de las 65 galeras que conformaban la expedición, 12.000 marineros y 24.000 soldados, dos tercios serían italianos y alemanes, mientras que las fuerzas españolas harían el tercio restante bajo las órdenes del condottiero Ferrante Gonzaga.

En general, podemos decir que, según Kamen lo que conocemos como imperio español no fue una empresa única de los peninsulares, sino que la colaboración de otras gentes fue fundamental. Esto queda patente sobre todo cuando habla de la conquista de América, en donde la colaboración indígena fue crucial. Sin embargo yo opino que todos los imperios se construyen con la ayuda de otros pueblos y nadie duda de su legitimidad. Roma siempre contó con tropas auxiliares en sus legiones, llegando a veces éstas a representar un número muy superior al de ciudadanos propiamente dichos, y contó en muchas ocasiones con la colaboración de las elites de los pueblos que conquistaba, sin embargo nadie resta a Roma su importancia. Los carolingios contaron en su Escuela Palatina con sabios y colaboradores de toda Europa como Alcuíno de York, Pedro de Pisa o Juan Escoto Erígena, lo cual es siempre bueno, sin emnabrgo nadie discute el carácter franco y germánico del imperio fundado por Carlomagno. Si hablamos del imperio ruso, al que Kamen saca muy sabiamente muchos parecidos con el español, su expansión por Siberia hasta llegar al mar del Japón contó también con la ayuda de otros pueblos que en aquel tiempo, siglo XVI, no podían ser considerados como rusos – o más propiamente moscovitas – como los tártaros o los cosacos. Respecto a estos últimos, Mr Kamen tampoco los llamaría soldados sino campesinos, teniendo en cuenta que se pasaban buena parte del año buscando pastos o cultivando las fértiles tierras de la estepa, sin embargo esos campesinos echaron sobre sus espaldas buena parte de la conquista del imperio más extenso de la Historia, y desde mi punto de vista fueron unos guerreros formidables. Se los llame o no soldados.

domingo, 10 de octubre de 2010

SIETE MISIONEROS


Nos encontramos ante un cómic absolutamente recomendable, que nos acerca al mundo altomedieval de la mano del guionista francés Alain Ayroles, y del genial dibujante italiano Luigi Critone. El resultado: cómic europeo de calidad, muy visual y ameno, muy por encima de cualquiera de los productos que nos llegan de EE.UU que desde mi punto de vista son poco imaginativos y con un dibujo muchas veces más que mediocre.

“Siete misioneros” forma parte de una colección de siete comics dedicados a un colectivo de personas en particular, así “Siete guerreras” nos narra la historia de siete mujeres sármatas involucradas en las luchas entre bizantinos y persas durante el siglo VI, mientras que “Siete psicópatas” nos pone en la piel de un oficial británico que reúne a siete lunáticos, a quienes saca de prisión, para lanzarles sobre Alemania con el objetivo de asesinar a Hitler. En general es una colección más que aceptable, en donde diferentes guionistas y dibujantes europeos nos trasladan a distintas épocas y situaciones históricas concretas.

El que a nosotros nos ocupa es, en mi opinión, el mejor de la colección, a parte de que el tema elegido sea fascinante y trate además una época histórica que cuadra perfectamente en la temática de este blog. Es precisamente el punto de vista historiográfico una de las facetas que más llama mi atención en este cómic. La trama transcurre durante las guerras vikingas irlandesas, que enfrentaron a los piratas nórdicos con los caudillos y reyezuelos celtas, ya cristianos, que habitaban Irlanda. Si bien el argumento no se ciñe a ningún episodio histórico concreto, y no se citan nombres de reyes o abades reales, el momento que describe bien puede corresponder a las primeras décadas de la invasión vikinga, cuando los irlandeses estaban aún desconcertados, aunque empezaban a comprender que la única posibilidad que tenían de sobrevivir a la furia de los hombres del norte era no plantarles cara con la espada sino con la cruz, enviándoles misioneros y no soldados.


Así se nos narra la aventura de siete monjes irlandeses que parten hacia el norte, hacia el foco mismo de donde parten los ataques, para cristianizar a los vikingos. La gran originalidad de la historia reside en que los enviados al norte no destacan precisamente por sus virtudes. Es más, los abades de Irlanda, astutamente, deciden enviar a los peores pecadores de la isla para, de alguna manera, corromper a una sociedad que si bien era salvaje y bárbara, era a la vez mucho más pura y honesta que la suya. Introducen así pues la envidia, la avaricia y la traición de la mano de siete monjes mezquinos, en la sociedad vikinga.

En cuanto a los pequeños detalles históricos, como el vestuario o la representación de los monasterios, los barcos, el armamento etc. es absolutamente fiel, lo cual denota una gran labor de documentación por parte de los autores.

Qué gran manera de acercarse a un periodo histórico apenas tratado por la historiografía contemporánea, y absolutamente vilipendiado por cualquiera de las disciplinas artísticas actuales, sobre todo el cine. Tan solo la novela y algunos géneros concretos de música han tocado este momento tan apasionante. Y ahora el cómic. “Siete misioneros”, calidad artística y además apto para historiadores.